Entrevistamos a Aixa Rava (Tierra del Fuego – 1982) sobre sus inicios en la escritura y la construcción de las poesías que componen Barda (buenos aires poetry – 2014)

El libro está dedicado a su familia y abre con “Tierra del Fuego” un poema que rememora el lugar de origen de la poeta. Aixa escribe en una de sus estrofas: “En esta isla, la sangre se congela / la piel se raja, la voz se hace chillido; / y hasta las bestias, las plantas, los caminos / creen que la nieve es ajena al paraíso”.

Por Rosario Spina.

barda en la barda - copia

– Las poesías de Barda están construidas de memorias/hechos. Hay recuerdos y evocaciones en cada poema. ¿Cómo fue la elaboración del libro y la reconstrucción de alguna de esas historias y escenas?

A pesar de la unidad o coherencia global que se evidencia en Barda, los poemas que lo componen pertenecen a diferentes épocas, hay poemas de los años 2006-2007, 2011, 2013 y 2014. La selección me llevó mucho tiempo, porque justamente quería que se percibiera cierto hilo conductor y el entramado de esas vivencias o recuerdos como un todo, a pesar de la variedad de paisajes, hechos y atmósferas que se evocan. Gracias a la ayuda y guía de Cecilia Perna, poeta y coordinadora del taller literario al que asisto, pude organizar el poemario de la manera en que finalmente vio la luz. Si bien llevó tiempo, muchas tardes/noches de lecturas en voz alta, a solas y con Cecilia, fue un trabajo maravilloso que me sirvió para ver mis falencias y virtudes como poeta, los vicios de mi escritura y los puntos fuertes. Barda dio lugar a un proceso de autoconocimiento en muchos sentidos y por eso, aunque como toda ópera prima tiene sus defectos, le tengo un profundo cariño.

Con respecto a la reconstrucción de las historias o escenas de los poemas, algunas  germinaron de una frase soltada al aire, como “(mi) mamá hace pan, pero nunca le sale igual” o de algún recuerdo que se enraizó con fuerza en mi piel, en la memoria de mi piel y en la memoria propiamente dicha, como el frío de Tierra del Fuego o el calor de los veranos en Armstrong y en Las Parejas (Santa Fe), pueblos en los que viven mis abuelos y en los que pasé gran parte de mi infancia y adolescencia. Y el resto, parafraseando en buen romance a Verlaine, “el resto es literatura”.

Barda es la oralidad y también la pared de la meseta. ¿Cómo llegaste a este título o cómo el título te elije a vos?

Fue una especie de epifanía. Estaba en la chacra de Fernández Oro (Río Negro) en la que paso todos los veranos desde hace algunos años, y mientras tomaba mate y escuchaba el viento bajo la parra comencé a recitar los versos del poema que sería “Barda”: “No escucho más que la voz / del viento, / la veo quebrar / instantes como frutos secos”. Es que entre la presencia ondulante de los álamos, el perfume de los frutales y toda esa inmensidad de cielo y agua es imposible no inspirarse. Entonces escribí ese poema y me di cuenta de que simplificaba, por decirlo de algún modo, todo lo que quería decir y todo lo que yo era: una sola palabra expresaba el lugar en el que había vivido los años más importantes de mi vida, mi propia personalidad y mi quehacer cotidiano desde que tengo memoria: el escribir versos. Supe que había encontrado el título para el poemario.

–  Si tuvieras que rememorar una escena “iniciática” en los comienzos de tu escritura, ¿cuál sería?

La de estar en la Plaza Flotron, frente a la casa de mis abuelos paternos, con una carpeta negra de cartón corrugado con hojas cuadriculadas escribiendo unos relatos de horror y suspenso al estilo Stephen King y Alfred Hitchcock. Tenía 13 años y la plena seguridad de que sería escritora y viviría el resto de mi vida escribiendo, me lo estaba tomando en serio. Es lindo recordar esa sensación, la siento muy íntimamente y me hace sonreír, no tenía dudas. Hoy no vivo de escribir, pero vivo escribiendo.

Aixa Raba 2 - copia

– ¿A qué poema de Barda le tenés más cariño? O quizá, ¿cuál es el que más te representa?

Creo que representarme, me representan todos, todos tienen algo de mí aunque no sean todos autorreferenciales. Los poemas “Tierra del Fuego” y “En constante retorno” me han dado muchas satisfacciones, son en general de los que más gustan y los han compartido muchas veces, incluso antes de que saliera el libro. “En constante retorno” es uno de los poemas más antiguos que tengo, salió publicado en una antología en 2005 y un día me lo encontré en un blog de escritores de Chubut, no tengo idea de cómo llegó ahí, pero fue lindo encontrarlo. Los poemas que se relacionan con Tatung, el personaje que deambula por varios versos, son muy íntimos, muy de la escena familiar y despiertan un sentimiento de pertenencia y una emoción particular.

–  ¿En qué proyectos trabajas actualmente?

En este momento estoy escribiendo, aunque avanzo lento, un nuevo poemario y estoy tratando de terminar algunos relatos que también me gustaría publicar en breve. Este año decidí dejar de participar en las revistas y blogs en los que escribía porque mi trabajo me consume mucho tiempo y quiero tener también mis espacios de creación, que no tienen que ver sólo con la escritura. Así que por el momento, me estoy abocando a esos dos proyectos y tengo la esperanza de que pronto salga una plaquette con 5 poemas nuevos en una editorial independiente de Buenos Aires.

–  ¿Qué poetas lee una poeta? ¿Quienes no pueden faltar en tu biblioteca?

Bueno, es claro que no puedo hablar por otros y que las generalizaciones nunca son buenas, así que sólo voy a decir qué poetas leo o leía yo, porque con el tiempo han cambiando. Cuando era muy joven, pero muy joven, casi niña, leía mucho a Lorca y a Bécquer, de los españoles me quedó ese amor por la rima y la cadencia del que me cuesta tanto desvincularme. Leí mucho a Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, Calderón de la Barca, Borges, Girondo, Baudelaire y Pizarnik cuando era adolescente y cuando me sentí preparada empecé a leer en inglés autores que ya había leído en castellano, como Whitman, Yeats, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Elizabeth Bishop, Auden, Tiffany Atkinson, entre otros. En la universidad me obnubilaron los románticos alemanes como Hölderlin, Novalis, Goethe y también Rimbaud, Kavafis, Ungaretti y Montale, la generación beat y poetas latinoamericanos como Reinaldo Arenas y José Lezama Lima. Ninguno de ellos puede faltar en mi biblioteca, siempre vuelvo a uno u a otro. Ahora estoy leyendo a Diana Bellessi y a Delmira Agustini y me fascinan. Todos los poetas que me gustan son diferentes y todos me encantan, me aportan, me enseñan algo y, lo más importante, me regalan horas de inmenso placer.