“A la mayoría de las mujeres nos gusta desde muy pequeñas, ser cuidadas, mimadas, nos atraen las cremas, el make up, los peinados… ” afirma la publicidad de una empresa de eventos para niñas . Es por esto que ofrecen el servicio de spa como una alternativa para cumpleaños y reuniones de nenas. De este modo, desde la más tierna infancia, argumentos escencialistas y ahistóricos machacan con que ser mujer es ser princesas pasivas que requieren mimos y atenciones y que nacemos con una “natural” debilidad por el maquillaje.

Por Beatriz Argiroffo – Profesora y Licenciada en Historia (UNR)

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En los spa, cual cadena de montaje de la femeneidad estereotipada, las niñas esperan turno para masajes o peinados, para convertirse en objeto de adorno, consumidoras junior y producto en el capitalismo patriarcal. Este fenómeno novedoso del spa para niñas nos habla de las expectativas de los/as adultos/as respecto de ellas, de los valores simbólicos de su grupo social de pertenencia.  ¿Nos detenemos a pensar cuántas existencias subalternas presupone la atención de “la princesa”?

Sin embargo la novedad en cuanto al juego como prefiguración de la vida adulta no es tal. El spa viene a ofrecer otra alternativa  a los tradicionales juegos para niñas que también representan un entrenamiento generizado. No son menos inocentes las cocinitas, escobitas y bebotes que permiten ir practicando un futuro al servicio de los demás, del cuidado y del trabajo doméstico como función de exclusiva órbita de lo femenino. La transformación en el gusto convive con la permanencia de la función del juego en construir y reforzar estereotipos de género, funcionales a un momento y a un grupo social.

Para poder explicar este fenómeno voy a tomar el concepto de sistema de sexo/género de Gayle Rubin, que sostiene que “…un sistema de sexo/género es el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica  en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas”[1] . Este sistema de sexo/género da cuenta de las profundas diferencias entre la experiencia social de varones y mujeres y de las asimetrías entre ellas. En virtud del sistema de sexo/género, en nuestra cultura se instituyen significaciones sociales a partir de las cuales se sitúa la objetividad, la razón, lo abstracto, lo universal, lo activo, la teoría, la cultura, el conocimiento, lo exterior, lo oficial, lo público, la ley, la inteligencia, la mente y la producción como rasgos masculinos; y la subjetividad, el sentimiento, lo emocional, lo pasivo, la práctica, lo particular, el cuerpo, lo concreto, la astucia, la intuición, lo interior, el cuidado, la reproducción y la naturaleza del lado femenino[2]. Estos rasgos aparecen como opuestos, complementarios, excluyentes, antagónicos y jerarquizados, en detrimento de lo femenino, y de acuerdo con este modelo se lleva a cabo una  socialización diferente entre  varones y mujeres. De este modo se construyen distintas representaciones culturales a partir del hecho biológico, que redunda en diferencias en los discursos y en las prácticas sociales de hombres y mujeres y las expectativas respecto al deber ser de unos y otras.

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¿Qué significa que el juego refuerza estereotipos de género? Hagamos el siguiente ejercicio: imaginemos a niños festejando cumpleaños en un spa. Imaginemos a las niñas festejando sus cumpleaños en una canchita de futbol. Cuando cambiar el sexo de los actores inspira rechazo, incomodidad o risa es porque estamos frente a un modo diferencial de valorar las actitudes humanas en virtud de lo que la cultura atribuye a varones y mujeres. A esto llamamos género. Nada de natural ni esencial hay en ello, ninguna predeterminación genética lo explica, sino que tenemos que revisar prejuicios y estereotipos presentes en nuestra cultura.

Agradar a los/as demás es una fuerte marca para las mujeres, cualquiera sea su edad y tiempo histórico. Ya lo decía Rousseau en el capítulo quinto de Emilio o de la educación en 1762: En la unión de los sexos, concurre cada uno por igual al fin común, pero no de la misma forma; de esta diversidad surge la primera diferencia notable entre las relaciones morales de uno y otro. El uno debe ser activo y fuerte, y el otro pasivo y débil. Es indispensable que el uno quiera y pueda, y es suficiente con que el otro oponga poca resistencia. Establecido este principio, se deduce que el destino especial de la mujer consiste en agradar al hombre.

O  San Martín en las máximas para su hija en 1825: Dulzura con los criados, pobres y viejos. Que hable poco y lo preciso. Acostumbrarla a estar formal en la mesa.

Ya lo decía Ana Fischer en La Mujer Médico del Hogar en 1910, el monseñor Sylvain en Pequeñas Virtudes y Pequeños defectos dela Joven en 1919, Joaquín Azpiazu en Tú y Él en 1942 y tantos otros textos, incluso manuales escolares.

La versión siglo XXI de estas prescripciones son los spa para nenas. El imperativo de la belleza gana terreno sobre el entrenamiento para el ama de casa/madre.  La monarquía parece no tener fin en el territorio que el patriarcado delimita a las mujeres: de reina del hogar a reina de belleza.

Nos encontramos aquí frente a lo que Naomi Wolf denomina el mito de la belleza.[3]  La autora sostiene que la belleza es un arma política cuyo objetivo es frenar el progreso de las mujeres, un elemento de control social, que se expresa más en una conducta que en una apariencia. La belleza opera como una expresión de relaciones de poder en clave patriarcal a partir de lo cual se establecen jerarquías entre mujeres y la consiguiente competencia por acercarse a las pautas de belleza impuestas. La competencia constituye a su vez parte del mito y expone a las mujeres a la aprobación ajena.

En este sentido me parece interesante reflexionar en torno al siguiente párrafo del libro Modos de Ver, de John Berger[4] : Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que este la trate. Para adquirir cierto control sobre este proceso, la mujer debe abarcarlo e interiorizarlo. La parte examinante del yo de una mujer trata a la parte examinada de tal manera que demuestre a los otros cómo le gustaría a todo su yo que le tratasen. Y este tratamiento ejemplar de sí misma por sí misma constituye su presencia. La presencia de toda mujer regula lo que es y no es ‛‛permisible” en su presencia. Cada una de sus acciones —sea cual fuere su propósito o motivación directa es interpretada también como un indicador de cómo le gustaría ser tratada… Todo lo anterior puede resumirse diciendo: los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas. Esto determina no sólo la mayoría de las relaciones entre hombre y mujeres sino también la relación de las mujeres consigo mismas. El supervisor que leva la mujer dentro de sí es masculino: la supervisada es femenina. De este modo se convierte a sí misma en un objeto, y particularmente en un objeto visual, en una visión.

¿Qué ocurre entonces con las polémicas que provocan los  spa para nenas? No creo que el asunto novedoso aquí sea la precocidad de la clientela o el saltear etapas. ¿Acaso jugar a la mamá no implica del mismo modo saltear etapas? Tampoco el consumismo infantil me parece que sea alguna primicia.  La obsolescencia programada llega a los juguetes y juegos infantiles de los sectores que tienen acceso al consumo,  porque de esto se alimenta el capitalismo. La pregunta entonces sería  ¿es acaso el fin de las mujeres ser un objeto visual más tarde que temprano? ¿Cuál es el modelo de mujer adulta que circula en nuestra cultura? Los niños y las niñas juegan con juguetes y juegos fabricados por adultos/as. En palabras de Denieul “…más allá del simple objeto lúdico, significa una práctica social y nos informa sobre la organización ideológica, cultural, mental de nuestras sociedades industriales…”[5]

Es imposible no citarla en algún momento de esta nota a María Elena Walsh, quien en 1979 escribió un artículo llamado ¿Corrupción de menores? Entonces, para terminar la reflexión en torno a los modelos de femeneidad profundamente cuestionados por el feminismo y que se reciclan en nuevos formatos y productos, nada mejor que recurrir a sus palabras, lamentablemente vigentes:

“¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas mentales y superfluas “señoras gordas”?  Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina, dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la realidad. 

Nosotros también programamos a nuestras niñas como a ese eterno infante que es el público. Les insuflamos manías e intereses adultos, les subvencionamos la trivialidad y luego atribuimos el resultado a su constitución biológica.Mientras modelan a la pequeña odalisca remilgada, el tiempo pasa y llega la hora de la pubertad. Entonces los adultos se alarman porque la nena asusta con precoces aspavientos sexuales y emprende calamitosamente los estudios secundarios. Terminó los primarios como pudo, entre espejitos, telenovelas, chismografía y exhibicionismo fomentados y aprobados, pero al trasponer la pubertad se le reprocha todo esto y empieza a hacerse acreedora al desprecio que la banalidad inspira a quienes mejor la imponen y más caro la venden.

Educar para el ocio, la servidumbre y la trivialidad, ¿no significa corromper la sagrada potencia del ser humano?”

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[1] RUBIN, Gayle, (1986) El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, en Nueva Antropología. Estudios sobre la mujer: Problemas teóricos. Vol VIII, Nº30 (95-145), México

[2] Maffia, Diana (1992), “La increíble y triste historia de la naturaleza femenina según la filosofía
y la ciencia desalmada”, en Revista Propuesta Educativa, Buenos Aires, FLACSO

[3] WOLF, Naomi (1991), El mito de la belleza, Emecé Editores, Barcelona

[4] BERGER, John (2002) Modos de ver, Editorial Gustavo Gill, Barcelona

[5] DENIEUL, Pierre-Noel (1981) “Etnotecnología del juego”, en JAULIN, Robert Juegos y juguetes. Ensayos de etnotecnología, Siglo XXI, Madrid.