Por Rosana Guardalá.

Recordé Los teleféricos de Francisco Sanguineti mientras buscaba un regalo del padre para mi viejo. Luego pensé: “mi papá no lee literatura”. En este momento, vinieron a mí las palabras del editor, Gervasio Monchietti, quien confesó en la presentación que lo había registrado como novela pero que también podía ser leído como un libro de poemas. Su decisión, que inicialmente había sido complicada, me traía una posibilidad. Un libro que es un truco en sí mismo. Porque sin duda, Los teleféricos podría pensarse como un libro de poemas, una novela o una álbum de momentos rutinarios y asombrosos. En esa forma de verlo residía mi solución-regalo. ¿A quién no le gusta pasar las hojas de un álbum de fotos de la propia vida, demorarse, volver a estar ahí?

los teleféricos

Los teleféricos (2014) de Francisco Sanguineti editado por Erizo es también, un libro que tienta a lectores “poco lectores” (tiene sólo 38 páginas). Un objeto textual que invita en la cotidianidad de los detalles. La magia se cifra en relatos/viñetas/poemas/fotos (y cada uno encontrará un modo más familiar y justo de nombrarlo) que atienden a lo irrepetible. De allí que la mirada completamente fresca del narrador no se agote sino que se recree y nos invite a volver a ver. Así, podemos espiar a la abuela Paca quien “anda necesitando un teleférico porque el mundo se le hace cuesta arriba” y en el consejo de “guardar las cosas, porque en algún momento servirán”. La magia que aquí nos comparte el escritor como un secreto importante contado en el arenero del Jardín, consiste en sutilizar la percepción de lo diario. Comprender lo que tiene de irrepetible y por ello, de tierno, de amable. Los teleféricos es un libro lleno de ternura porque lejos de traernos una escritura naif, nos anima a disfrutar de encontrarnos con los nuestros, con el afecto, con lo que nos permite reconocernos. Por eso, el narrador no hace esfuerzos para entender que “Para una maestra de más de 60 años de profesión, perder la redondez de las letras probablemente sea más duro que observarse las arrugas en el espejo”, cuando cuenta cómo ha cambiado la letra de su abuela en “Sobrecitos con plata”.

Sanguineti abre la puerta de la familiaridad que todos compartimos cuando nos cuenta que el caminar de su padre es producto de los “Meñiscos” y de un modo de mirar la vida pasar que, a veces, lo delata porque “cuando está callado es porque está al lado de la baranda y haciendo fuerza con el brazo”. El papá es uno de los protagonistas de estos “poemas/relatos/fotos” que abre las preguntas: “Papa vive solo. Y para mí es una caja negra. Yo apenas sé que papá está sólo en la casa. Me pregunto si la parte fría de la cama lo seguirá despertando”.

Los teleféricos tampoco olvidan en ningún momento la inmediatez de la felicidad que despierta el descubrimiento. Así lo demuestra “Hormigas” o “En el super”, cuando mientras la cajera hace un gesto automático, el narrador confiesa: “la cajera no repara en lo que para mí, a pesar de ser rutinario, no deja ser asombroso. Y no hablo del cálculo en sí, sino del placer que le provoca ese juego. En ese instante pienso que soy un tipo feliz, aunque el kilo de naranjas que llevo, dos se me van a pudrir”.

Podría seguir pasando las páginas de este álbum de fotos que Francisco Sanguineti nos abrió y entre las que figura “BCG”, “Gallinas” y “Segunda persona”, entre otros. Pero prefiero cerrarlo y sentir con los ojos apretados, como mi papá lo tendrá entre sus manos y sonreirá en la complicidad de lo conocido, cuando pases las páginas o  se duerma mientras mi madre se lo lee en voz alta.

Si duda, Francisco Sanguineti abrió una serie de sobrecitos de brillantina y los desperdigó haciéndolos teleféricos. Ahora la aventura es nuestra. Será cuestión de perder el miedo y volver a ver en lo sencillo.

¿Dónde conseguirlo?

– Puerto libro
– Mal de Archivo
– Espiria
– El lugar
– Club Editorial