Margarita Garret, para los amigos Margaret, empezó el mes, la semana, el día, firmando el acta de divorcio bajo una lluvia torrencial. Hasta habían anunciado un posible tsunami en la costa del Pacífico, cosa que a ella la dejaba fría, porque el río Paraná no iba a levantarse de su lecho a esta altura del partido…

Por Patricia Suárez – Ilustración de Virginia Torrano.

ILUSTRACION EL DIVORCIO DE MG

Margarita Garret, para los amigos Margaret, empezó el mes, la semana, el día, firmando el acta de divorcio bajo una lluvia torrencial. Hasta habían anunciado un posible tsunami en la costa del Pacífico, cosa que a ella la dejaba fría, porque el río Paraná no iba a levantarse de su lecho a esta altura del partido. Después de casi diez años de amor, se separaba de Germán, su ex esposo, alegando incompatibilidad de caracteres. Tal incompatibilidad tenía un nombre: Sandra, diez años menor que Margarita y su ex socia en el negocio de las mermeladas y el chutney casero. Para su ex esposo, no era incompatible lo de Sandra y Margarita al unísono, y así lo expresó abiertamente: había culturas donde la poligamia estaba bien vista y ellos hasta habían visto on line una serie sobre unos mormones que tenían dos o tres esposas cada uno, se llevaban todas muy bien, y la serie además tuvo un montón de puntos de rating cuando la emitieron en los Estados Unidos hasta que fue definitivamente cesurada. Margaret consideró de buen gusto aplicar la ley de divorcio, sobre todo desde que Sandra le parió un bebé, vale decir, dio a luz el tercer hijo de su ex esposo. Porque los otros dos, Natalí y Franquito, eran de ella y mal se las apañaban con la escueta mensualidad que el pervertido les pasaba. De manera que muy temprano en la mañana, se apercibió a los tribunales en la Avenida Pellegrini y mientras el taxi se deslizaba lentamente, ella pensaba en quién le había comentado alguna vez que Rosario se parecía a California. Era evidente que ella se había juntado con mucha gente alcohólica en el pasado. Cuando llegó al tribunal, la esperaba su madre vestida de luto completo y enjugándose las lágrimas con un pañuelito de papel.

-¿Qué hacés, mamá?

-Te acompaño en este momento de tribulación, Margaret.

-¿Qué tribulación? No seas hipócrita: ¡si vos nunca lo pudiste tragar a Germán!

-Cuando un matrimonio se termina, se abre una tumba en el cielo de las familias.

Margaret la mirócon rabia. Dos días antes de su casamiento, diez años atrás, en medio de una crisis de inseguridad y de llanto continuo consultó a su madre.

-Mamá, vos estuviste treinta años casada con papá. ¿Nunca te arrepentiste?

-Todos los días de mi vida –contestó la madre mientras buscaba qué ansiolítico psicotrópico ofrecer a su hija de su múltiple pastillero para calmarla.

-¿¡Todos los días de tu vida conyugal?!

-Ajá.

-¿Y por qué no te separaste de papá?

-Porque seguro detrás de él venía otro cerdo a hacerme la vida imposible mil veces peor.

Ahora, la santa progenitora, Regina Garret, se limitó a sostener el paraguas de Margaret y acompañarla a la sala de conciliación, donde los cónyuges no conciliaron, sino que se limitaron a firmar. Una vez resuelto el asunto, Germán abrazó a Margaret como si acabaran de casarse.

-No sé cómo llegamos a esto, Margaret –susurró en su oído. –Siempre vas a ser el amor de mi vida.

Margaret se lo quedó mirando, desorbitada. Nunca pudo saber si el tipo era un cínico o un border.

-Seguro que no me creés –dijo él cuando la vio dubitativa- Mirá.

Acto seguido abrió la billetera, en la que bailaba una balada un solitario billete de veinte pesos y delante de él, se mecían dos fotos carnets: la de Nati y de Franquito, y detrás, con picardía, exhibió una foto que él le tomara con el celular, un día que ella se paseaba en cueros por la casa. –A esta tendrán que matarme para quitármela –agregó Germán blandiendo la foto de tal manera que la vieron con las tetas al aire los dos abogados y el secretario del juez, y el juez. Apenas bajó las escaleritas de Tribunales, la madre la atajó:

-Encontré un lugarcito con unos bailarines desnuditas estupendos para esta noche, nena.

Y ella que creía el pasatiempo favorito de su madre era jugar a la canasta.