El feminismo está en crisis. Más que eso, me atrevo a declararlo especie en extinción Aunque esto ponga a muchas feministas al borde del ataque de nervios es la pura verdad extraída de un trabajo de observación que vengo realizando hace tiempo. Sé que mi tesis se lee como un delirio trasnochado pero enseguida pasaré a los argumentos que la validarán.

Por María Eugenia Duró

feminismo

Hace tiempo que las publicidades de juguetes, principalmente las que se exhiben en canales infantiles (a los que estoy expuesta muchas horas desde que nació mi primogénito) hacen resonar un timbre en mi cabeza que con el tiempo se ha vuelto ensordecedor.

Parece que las fábricas de juguetes no tiene otra cosa que ofrecerle nuestras nenas que jugar a la vendedora con la caja registradora de la muñeca flaca escuálida de moda, hacer bijou,  maquillarse, hacer esculturas en yeso y pintarlas, hacerse tatoos, etc. Nunca un juego de química, un instrumento musical, un microscopio o telescopio o libro o…. ¿me siguen?

A esta preocupación se suma el hecho de que hace un par de semanas, en un programa matutino de la ciudad me desayuno con que los cumpleaños de las nenas se festejan en un spa. Criaturas de 8, 9, 10 años “juegan a” que les pinten las uñas, les hagan masajes,  le embellezcan el rostro, y la lista es espeluznantemente interminable. ¿Por qué a nadie se le ocurre llevar a sus hijas, el día de su cumpleaños, junto con sus amiguitas a una exhibición del Planetario, o a un Museo o La Isla de Los Inventos, o a una clínica de Batería?

Toda esta información me causaba bastante incomodidad, sobre todo cuando la contrastaba con el comportamiento de mis alumnas adolescentes dos de las cuáles, hace unos días, rompieron el  dique que contenía mi enojo. La situación fue así:

Mientras yo trataba de desarrollar los conceptos básicos de retórica de la imagen un grupo de alumnas (de las buenas alumnas) no paraba de cuchichear así que interrumpí mi clase para preguntar qué era lo que las mantenía tan distraídas. Así me entero que una de ellas  se sentía atraída por un chico, un alumno de un curso superior que no registra su existencia. Mi pregunta inmediata fue: ¿Por qué no le decís que te gusta? La reacción de mi alumna fue de absoluto estupor y casi ofendida me responde que las mujeres no hacen eso, que el muchacho podría creer que ella era una “turra”. Entonces le pregunto si sabe que está viviendo  la segunda década del Siglo XXI, si alguna vez le contaron que hubo varios movimientos feministas que comenzaron a consolidarse a partir de 1960 en el que participaron mujeres que arriesgaron todo por conseguirnos un lugar de igualdad respecto de los hombres. Entonces, la chica que estaba sentada al lado, me mira con gesto compungido y me dice textualmente: “Ojalá las feministas no nos hubieran conseguido votar a las mujeres, yo no quiero votar profe”.  Luego de escuchar eso quedé en shock, no miento,  ni exagero a pesar de la tendencia tremendista  con el que se estigmatiza a mi género.

Pasé todo el día masticando esa situación por demás de amarga. Y entonces me calmé y me di cuenta de algo. Mis alumnas tienen entre 14 y 17 años. La mayoría de ellas están más preocupadas por peinar su flequillo en el reflejo de la pantalla del celular  que enterarse de lo que decimos sus profesores. (Acá se ve un conflicto generacional: Yo todavía me emociono de llevar en el bolsillo un elemento que me permite hablar por teléfono, sacar fotos y conectarme a internet, ¡¡¡y ellas lo usan de espejito!!!) La mayoría de nuestras alumnas nos pregunta ante alguna excentricidad (Ejemplo una docente que rescata animales de la calle; otra que gusta de viajar de mochilera; otra que gusta de salir a correr y corre maratones, etc.) “¿Su marido/novio la deja hacer eso?”… ¿Qué es lo que pasa con nuestras chicas, con la generación que tiene que venir a ser nuestro recambio? Es cierto que no son todas, pero la mayoría exhibe un comportamiento más aceptable de una fémina de los 60’s y 70’s que de este espacio tiempo.

La mayoría de los movimientos que movilizaron la protesta, el malestar  con el estilo de vida burgués, o con la sociedad de consumo capitalista como por ejemplo el PUNK y el HIPPISMO fueron fagocitados por una industria de productos consumibles que los vació de sentido y los convirtió en movimientos estéticos, una moda que puedo adoptar, una forma en la que puedo vestirme por un período de mi vida: hippy los viernes, punk los martes, hindú los jueves…..

Desgraciadamente el feminismo está corriendo la misma suerte o peor, está al borde de desaparecer porque nuestras niñas y adolescentes son un gran y lucrativo mercado de consumo  al que se ha decidido tentar con cosas que desde tiempos inmemoriales se conocen como sólo para mujeres lo cuál en pocas décadas nos dejaría de nuevo donde empezamos: descalzas, embarazadas y en la cocina. Lo que no tiene nada de malo si es un rato, un tiempo de mi vida de mujer y no lo que me define de por vida.

Me rompí literalmente la cabeza estos días tratando de entender por qué nos pasa esto y  creo que descubrí la razón, al menos descubrí una explicación que a mí me tranquiliza porque si uno sabe dónde está el error puede corregir el rumbo, que es lo que más me interesa.

El feminismo con todas y cada una de sus batallas ganadas le consiguió a la mujer un lugar de igualdad con el hombre que, como la igualdad ante la ley, en muchos casos, quedó en lo meramente formal. Si bien las mujeres lograron estudiar la profesión que se les antojara y salir a trabajar la misma cantidad de hora que sus pares masculinos, eso no significó que ellos realizaran en igualdad de condiciones tareas más “femeninas”, con lo cuál las mujeres a lo largo de los últimos 40 años  fueron acumulando responsabilidades: la casa, los hijos, los padres de ella, los suegros, la carrera, el máster, el trabajo, el ascenso en el trabajo, el hobbie, hacer ejercicio para mantener la figura, el tratamiento de belleza, etc.….No sé ustedes pero yo me cansé con releer lo que acabo de escribir, no obstante la mayoría de nosotras vivimos en un estado de malabarismo, cambiando  de roles como de ropa interior, acumulando cansancio que en el mejor de los casos se convierte en un constante rosario de quejas y en el peor en unas explosiones de rabia y de odio tremendas si es que no se somatizan en enfermedades graves.

Tal vez el problema es que el feminismo se concentró demasiado en darle a la mujer atributos masculinos, lo que desbalanceó las cosas porque nadie se ocupó de darles más responsabilidades femeninas a los hombres para que las cosas fueran realmente equitativas.

La mayoría de mis alumnas se ubican en polos muy opuestos: las que desean ser profesionales niegan un futuro en el que puedan formar una familia y las que quieren una familia no van a apostar por un futuro profesional.  Cuando se les pregunta la razón  todas contestan lo mismo: no quieren ser como sus mamás, no quieren abarcarlo todo y estar enojadas y quejosas todo el tiempo como ellas de las que juran estar hartas de escucharles decir “no te cases” o “no estudies, mejor ponete linda conseguite un tipo con  plata” y cosas por el estilo y más aberrantes todavía.

El desafío es reparar los errores del feminismo para que sus logros no desaparezcan, educar a nuestras hijas y a nuestros hijos en que en la vida hay roles diferentes y que ellos han sido históricamente mal repartidos de acuerdo a lo que te cuelgue por arriba o por debajo de la cintura, pero que es nuestro deber como sociedad evolucionar y educar en una verdadera igualdad: una vida en la que un hombre pueda decidir ser el que se queda en casa y cuida de los chicos y las tareas hogareñas mientras su esposa sale a trabajar, y viceversa, o que cada uno pueda dedicarle tiempo al hogar, a los hijos, a su cuerpo, su carrera y su hobbie, sabiéndose acompañado por su pareja, quien por definición de la lengua castellana, debería estar exactamente a la misma altura, es decir, a la par.

Les dejo una imagen que demuestra que se puede educar con gestos simples y económicos: hace unos domingos atrás llevamos con mi marido a mi hijo a la cita semanal obligada con la placita de juegos y me encantó ver esta escena. Una madre organizó el cumple de su hija en esa misma placita, llevó una mesa con caballetes, vasitos de cotillón, comida, gaseosa, torta, todas las vituallas. Las abuelas y amigas de la mamá tomaban mates en reposeras charlando alegres en el sol de la tarde otoñal mientras el grupo de nenes y nenas (todos juntos y por igual) liderados por la chica del cumpleaños jugaban a los piratas con pañuelos en la cabeza y espadas hechas con globos; corrían y se perseguían al aire libre entre los juegos. Esa escena me dio mucha paz y esperanza de que tal vez a la vuelta de la esquina haya un mundo mejor esperándonos. Esa tarde de domingo parecía que el futuro sería perfecto. Pero al futuro hay que educarlo.

 

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