Ella extiende la carne sobre la mesada, y en su cara se dibuja una mueca de disgusto: la carne está llena de grasa y eso la va a retrasar. Menos mal que el carnicero le dijo que se lo había limpiado bien; le dijo, vaya tranquila, que lo prepara en dos patadas y le sale una manteca, pero ahora lo mira, pasa la mano por esa superficie que le resulta repugnante y piensa que va a tener que sacar toda esa grasa si quiere que el matambre le salga como todos esperan; mira el reloj y se pregunta si hará a tiempo, camina hasta el pie de la escalera, se queda en silencio, escuchando, pero no se oye nada, todo está tranquilo; se limpia las manos en el delantal, abre el cajón de los cubiertos y agarra la cuchilla afilada; sale al patio y camina hasta el borde de la veredita, ahí donde una franja de cemento deja lugar a un cantero de alegrías del hogar, se agacha y pasa varias veces el filo de la cuchilla por el borde rugoso; el acero contra el cemento hace un ruido agudo. Cada vez que hace este trabajo se acuerda de su madre, afilando el cuchillo que el tiempo había ido comiendo casi hasta la empuñadura. Su madre raspaba el cuchillo contra el piso con una energía que se le transmitía a todo el cuerpo. La recuerda así, como si no hubiera hecho en toda su vida otra cosa que esa, estar en cuclillas, afilando la cuchilla. Ella no es como su madre, pasa muy lentamente la hoja para un lado y para el otro y el metal hace un ruido seco, como una vara cuando cimbra el aire; trabaja la cuchilla de una manera pausada y cuando la siente lista vuelve a la cocina, agarra un bizcochito del paquete, se lo lleva a la boca y toma un mate. Empieza, con prolijidad, a despegar el colchón de grasa de la carne. A medida que trabaja queda sobre la mesada una película muy fina, del color del vino, quizás más oscuro todavía. Trabaja en silencio. A sus pies, el tacho de basura, limpio y con bolsa nueva recibe los jirones de grasa. Cada tanto vigila con un ojo la cacerola donde hierven los huevos, pasa el trapo rejilla y emprolija la mesa de trabajo. Alza la cabeza, presta atención: le parece que escuchó un ruido, como un quejido, pero por ahí se equivoca, tal vez sea la perra que se estira en la canasta, algo en la casa del vecino. De todos modos, siente que el cuerpo se le pone tenso, se queda muy quieta, la cuchilla en el aire. No respira siquiera, solo escucha. Todo es silencio. Ceba otro mate y come más bizcochitos, que le hacen acordar a cuando era chica, no sabe por qué. Cuando termina de trabajar la carne, saca los huevos de la cacerola y los deja un rato bajo el chorro de agua fría, después los hace rolar sobre la mesada, apretándolos un poco y los pela. Tira las cáscaras a la basura, vuelve a pasar el trapo. Pero no está del todo tranquila, un escalofrío le recorre la espalda, hay algo que la pone tensa, no llega a ser una sensación. Se vuelve a quedar quieta y entonces sí, lo escucha: el quejido.