Le ha dejado de importar el mundo, las manos sucias de los de afuera, los que juegan. Sólo importan los impalpables, la incorporación del uno con el otro. El respirar al compás de la danza de los puños. Ha dejado de importar la luz eléctrica, pues el horno funciona a gas. Y en última instancia siempre existe el fuego prestado o la leña.

Relato literario / Por Daniela Palomino.

la cita

Una leve espera. Sin moldes ni recetas.
Un delantal corroído por los años de experiencia, heredado de su abuela.
Él imagina como afloran desde dentro, como resortes invisibles e imaginarios, los corazones de los cúmulos de harina. Nace con un aroma, nace con un fin. Se entretejen, tan silvestres las masas de los cuerpos, los cuerpos de las masas.
Se hace un sendero largo y resuelto, flotan en el aire sin dirección alguna. Se vuelven el entorno. Caminan por el paladar las ganas entusiastas de disfrutar.
De estar acompañado, piensa él -Pero tal vez sea demasiado, eran sólo unos mates de esta pava vieja ¿para qué me puse a elaborar tanto?

El delantal verde que lucía aún esos bordes floreados de tela y diseño sin vigencia, tal vez cosido a maquina a pedalera y de metal – ¿Cómo llegó esto a mi? ¿Y los agujeros de las polillas y el olor a naftalina?- Lleno de dudas el muchacho sentado en una silla de madera, frente a la puerta del horno, con el brazo cordialmente apoyado entre la rodilla y el mentón. Mientras el ambiente se hacía más oscuro y afuera el sol dejaba que todo se vuelva anaranjado, hasta los ruidos, niños o perros o gente común. Y por la ventana se anunciaban las seis de la tarde. Lo invadían los ¿Qué hago? ¿Qué hice? ¿Se dará cuenta? ¿Y de qué? ¿Ó abro un paquete de masitas? ¿Ó saco un vino? ¡No! ¡Debo sacarme este delantal endemoniado!
Y mientras merodeaba de un lado a otro, exhaustivo de cada rincón, marcando con sus pasos esa cocinita de cuatro por cuatro, de azulejos estilo 1960, mirando sus posibles decisiones en el centro de esa mesita redonda, pensando en la pava o en el termo, o las seis de la tarde, o la falta de luz eléctrica. ¡El timbre no funciona!

Los aromas también sirven de señuelos y algunos hornos son sagaces. Y el reloj está parado. Y desde afuera se escucha como un suave grito su nombre. Y él sigue de verde y los azulejos lo miran y pareciera que le teme al horno, le transpiran las manos y emanan un olor a confitero aficionado. No tiene idea. Porque ni siquiera llegó a esconder el delantal.
Por fin, desde la puerta le dicen unos labios presurosos: Qué lindo, pan casero.