No tenía la obligación de ir ni la exigencia. Pero, en uno de esos pocos instantes en que pude dejar de escribir dolorosos partes informativos, pensé: yo tengo que ir.

Habían pasado ya más de cincuenta horas de las 9:38 del martes 6 de agosto. Desde entonces, yo había estado detrás de un escritorio escribiendo sobre eso y había nombrado, por lo menos, una veintena de veces al “trágico lugar”, sin haber siquiera pasado por la esquina.

Tenía horas de televisión en mi cabeza que me permitían claramente graficar la situación. Pero, hasta dónde puede uno hablar de una tragedia sin haberla olfateado, sin carearse frente a frente con el dolor.

Tomé la decisión.

Todavía estaba muy lejos, sobre calle Pellegrini, en un bar donde la vida de la ciudad era casi, casi la misma de siempre, y ya me transpiraban las manos. Me subí a un taxi con dos amigas y también colegas; descendimos en la esquina de Moreno y Salta. Apenas bajé, sentí los rastros de vidrio en el piso y entendí que no iba a ser fácil.

Nos costó acceder al lugar. Gendarmería custodiaba celosamente el lugar vallado, y yo me puse nerviosa. Mientras mi amiga intentaba hacer entrar en razón al gendarme para que comprendiera que no éramos curiosas si no periodistas, yo estaba en la esquina e intentaba establecer una comunicación por teléfono que nunca se dio. Ahora que pienso, ni siquiera se si estaba llamando al número indicado.

“Pasen, hagan su trabajo y se van”, nos dijo. Y entramos las tres. Y era otro mundo. Y era muy, muy triste.

No pude en ese primer instante en que pisé la esquina, el “trágico lugar”, registrar otra cosa que no fuera el silencio. Hondo, profundo, inabarcable. Impensable. Eran las 17:30 pero allí, las coordenadas de tiempo y espacio se habían diluido.

Hicimos algunas entrevistas, breves, no daba para más. Tomamos algunas fotos. Y todo seguía bajo un silencio sepulcral. A mí, me estaba enloqueciendo. Creo que era alrededor de las seis de la tarde cuando el sol empezó a caer y yo empecé a entenderlo todo. Se hizo de noche, y si nada cortaba ese silencio, no podría permanecer ahí más de un minuto. Instintivamente, saqué el celular del bolsillo y llamé a mi mamá. Cuando me atendió, pronto por suerte, me di cuenta de que no sabía para qué la estaba llamando. “Hola má, te llamo para avisarte que estoy bien”, eso fue lo que le dije. Y pensé: “Mi mamá va a creer que estoy loca”. Así que seguí la conversación: “No, quería avisarte eso porque estoy llegando a casa más tarde de lo normal. Estoy acá, donde pasó todo”, crucé saludo y corté. Mientras hablaba, supongo que de nervios, me había movido de lugar. Cuando levanté la vista estaba parada en medio del boulevard, mirando al lugar donde los familiares de las personas que aun se estaban buscando bajo los escombros esperaban. Esperaban contra toda esperanza. Y me di cuenta que ese llamado que yo acababa de hacer era el mismo que muchos de ellos necesitaban recibir.

Me di media vuelta y volví a la esquina, donde estaba Rosario, mi amiga (que por suerte estaba ahí conmigo). Las personas daban vueltas, caminaban como quien está impaciente pero, al mismo tiempo, como quien tiene toda la vida para esperar ahí. La gente te miraba a los ojos permanentemente, te recordaba que estabas en ese punto exacto; nadie era uno más ni pasaba desapercibido.

– “¿Viste cómo te mira la gente?”, le dije a mi amiga. “Así como, no se, pidiéndote algo. Es una mirada…”.

– “Inquisidora”, me respondió.

– “Sí, esa es la palabra. Te piden que les hables, que les preguntes, que les digas…no se”.

Los semáforos de Salta y Oroño seguían funcionando y eso, algo tan simple como eso, me puso piel de gallina, porque indicaba que en ese lugar hubo vida, hubo caos de ciudad.

(Foto: Diario La Capital)

Nunca me había puesto a pensar en el recuerdo del silencio. Uno tiene recuerdos asociados a un sonido. La campana de la escuela primaria, cómo cruje la puerta que da al patio de casa, la voz de la abuela. Todos los recuerdos que tenía sonaban a algo. Sin embargo, ese jueves, cuando me di vuelta para salir del lugar me di cuenta que ese silencio sería el “ruido” que más recordaría en la vida. Distinto a todos, ese silencio sonaba a angustia, desconcierto, pena, dolor y a la esperanza más grande que jamás haya visto.

Me fui, y una vez que crucé la valla salí casi corriendo. Se me había hecho tarde para volver al trabajo. Mientras esperaba el colectivo me puse mis auriculares y escuché la radio. Claro, no se hablaba de otra cosa que del “trágico lugar”, que ahora yo conocía. El periodista comentaba: “Este día cambiará por siempre la historia de los rosarinos”. Y pensé: “No es cierto”. Tarde o temprano, días más o días menos, todos volveremos poquito a poco a lo nuestro. Yo, de hecho, ya estaba volviendo a casa para seguir trabajando. Seguro pasaremos por el lugar y nos dará escalofríos. Todos los 6 de agosto reflotaremos esas imágenes del horror y volveremos a conmovernos. Pero nuestra vida no habrá cambiado, no por esto.

Solo aquéllos que esos días estuvieron en silencio esperando lo sabrán. Solo aquéllos que entendieron lo absurdo de perder un hijo, un amigo, un hermano, un amor por una idiota cadena de desidias habrán comprendido la magnitud de esta tragedia. Ellos no podrán olvidar nunca el dolor. Solo el tiempo abrirá esa brecha de distancia tan necesaria para seguir viviendo, y entonces podrán volver a nombrarlos sin llorar cada vez que lo hacen, como si de eso se tratara curar heridas. A ellos, los de la mirada inquisidora, sí les ha cambiado la vida para siempre.

Por Lucía Lalli.

Comentarios

  1. Cesar dice:

    Muy buena nota. Muy loable tu actitud, tu coraje, tu profesionalismo, tus sentimientos, esos que te impulsaron a ir al lugar y enfrentar, (seguramente sin saber que sucedería), las miradas. Esas miradas que son lo más duro que tiene cualquier tragedia. Miradas, silencio, dolor… Felicitaciones.