En la esquina de Salta y Oroño el semáforo es el único impasible a la tragedia. Sigue intermitiendo sus colores: rojo, amarillo, verde, amarillo, rojo. No hay autos que puedan seguir esas indicaciones. El rojo no nos gusta hoy. La ciudad está parada.

En la esquina de Salta y Oroño el semáforo es el único que parece no haberse enterado del desastre y sigue alternando sus luces metódicamente, como un relojito suizo.

 Rojo

Cerca de la luz del semáforo hay una autobomba de la ciudad. Apoyada en ella, Carolina Lobos y dos de sus compañeros.

Carolina tiene 21 años, ojos profundos y muchas ganas de ayudar. Como todos los bomberos que están acá, vino junto a su dotación para participar del rescate de las personas que aún quedan debajo de los escombros del edificio de Salta 2141. Días atrás también ayudó a extinguir las llamas que lo envolvían y lo transformaban en un monstruo de hierros retorcidos. Ella llegó en el momento justo en que estas cuadras dejaban de formar parte de un barrio tranquilo y pasaban a identificarse como la zona cero. El lugar del espanto.

Carolina Lobos

Como todos, Carolina tampoco es impasible. Quizá su oficio podría habilitarla, en un justificado mecanismo de defensa, a naturalizar los desastres o tragedias ajenas. Pero después de ver este cuadro desolador, ella, yo, todos lo sabemos: nadie va a salir de esto sin alguna fibra íntima transformada.

En la esquina de Salta y Oroño la angustia es fuego, derrumbe, desesperación. El rojo no nos gusta hoy. No quisimos llamas. No queremos este desastre.

Es una situación complicada, dice Carolina. Pero se está trabajando muy bien. Al principio para mí fue un poco traumático porque nunca había vivido algo así.

Carolina nos cuenta que ingresó como bombero a los 16 años y que quería serlo porque en su familia casi todos siguieron este camino: su papá, sus tíos, sus hermanos, algunos de sus primos. Nueve integrantes, no solo de Rosario sino también de Zavalla, se dedican a esta impresionante tarea.

 ¿Como viviste la llegada al lugar?

— Yo llegué en la tercera dotación de nuestro cuartel. Me llamó mi  mamá diciéndome que me preparara, que mi hermana ya estaba en el lugar; ella fue parte de la primera dotación. Así que en dos segundos estaba en el cuartel. Fue muy feo. Porque además cuando estaba viniendo hacia acá me llamó mi hermano que es rescatista y me dijo que estaba atrapado y no podía salir. Se me hizo un nudo en la garganta. Después pude encontrarme con él y tranquilizarme un poco. Tengo 21 años, hace tres que soy bombero. Nunca viví algo tan impresionante.

Además de la tradición en tu familia ¿hubo alguna otra razón que te haya llevado a elegir este trabajo?

— Cuando todavía era muy chica empecé a sentir que no estaba haciendo nada bueno de mi vida. Me anoté para capacitarme y me empezó a gustar esto de ayudar. Creo que es lo que me hace sentir tan orgullosa de mí misma: poder ayudar a alguien aunque sea mínimamente, con lo que pueda. A veces me dan ganas de dejar todo pero después pasan estas cosas y decís: yo para lo único que sirvo es para esto. Y sé que le voy a dedicar toda mi vida.

Amarillo

Mamposterías, veredas, edificios lindantes, árboles, calles, personas: el rastro de la tragedia en todas partes. En el lugar actúan numerosos grupos solidarios. Dan una mano. Entre ellos, la comunidad de Canal Luz de la Iglesia Evangélica Misionera Argentina. Mariel Gorosito, Valeria Silvestri y Sebastian Viana, integrantes de este grupo, nos contaban:

— Tratamos de colaborar con las personas tanto en sus necesidades físicas como espirituales: una oración, un abrazo, contención. Nos asombra la actitud de la ciudad. Hay muchas comunidades y organizaciones que están ayudando. La gente está siendo increíblemente solidaria con los demás.

Colaboradores Canal Luz

A cada minuto pasa alguien ofreciendote café o comida. Justo donde termina el cantero central de Oroño para dar lugar a la calle, hay un tablón con frutas, caramelos, paquetes de galletitas, botellas de agua, Gatorade. Lo que se necesite.

El semáforo, el único inmutable.

 Verde

Acción. Porvenir. Esperanza. Quizá eso, después de todo, nos esté mostrando el semáforo. Quizá nos esté queriendo decir: en algún momento la luz verde vuelve. Y como somos parte de un todo, mientras algunos quedan en rojo, estáticos de la angustia o del dolor, a otros la luz verde nos toca y nos obliga a actuar. Y ése es el tiempo de dar una mano como cada uno mejor sabe hacerlo: difundiendo, alentando, haciendo una oración, donando lo que se necesite, escuchando, acompañando con el pensamiento y la buena energía, cantando, escribiendo. Como cada uno pueda. Desde el lugar que tenga.

Yo, que escribo, o que casi siempre trato de escribir, siento que hoy hay algo para contar. Y creo, como bien escribió Pescetti, que tenemos la obligación de darle voz al dolor. No para quedarnos en él sino para atravesarlo. Para lograr que ese sentimiento —de las familias y amigos que perdieron un ser amado, del que perdió su casa, sus mascotas, sus objetos queridos— que ese dolor lacerante sea solamente un lugar de tránsito. Que diga lo que tenga que decir y se vaya. Que todos, de a poco, volvamos a tener nuestra luz esperanza.

Por Rosario Spina.

Fotografías: Micaela Pertuzzo.