A lo largo de la historia las mujeres han sido excluidas del área pública y ubicadas en un plano caracterizado por ser privado y doméstico y, por ende, consideradas inferiores a los hombres. Dicha desigualdad estaba reforzada por una sociedad patriarcal que aprobaba y sostenía un punto de vista androcéntrico y una concepción de ciudadanía basada en la igualdad de derechos que solo se adjudicaban a unos pocos: al varón adulto, blanco y propietario. Este modelo social apartaba valores, pensamientos e intereses de las mujeres. El androcentrismo origina, promueve, desarrolla y perpetúa las relaciones desiguales entre hombres y mujeres porque percibe la realidad a partir de idearios e intereses masculinos.

El sexismo descrito era evidente en todos los ámbitos. En la política, se utilizó el concepto de “Contrato Social” de Jean Jacques Rousseau para justificar la falta de racionalidad en las mujeres que las posicionaba como objeto de derecho.  El “Contrato Social”, surge en la Ilustración que empezó en Francia a lo largo del siglo XVII, con el fin de terminar con el abuso de poder del absolutismo del Antiguo Régimen y defender la posesión de los derechos naturales inviolables: la libertad y la igualdad.

La ideología de este período parte del criterio que el hombre es portador de razón ilustrada, de ahí el nombre del período, y que todo debe ser fundamentado con el uso de la razón.

El hito fundante de este nuevo orden es la universalidad e igualdad entre los hombres. La sociedad está conformada por hombres libres e iguales que tienen derechos y obligaciones asentados en los pactos constitucionales. El ciudadano es un hombre libre, igual, con derecho a voto, es un portador de derechos y obligaciones civiles y políticas. Estos últimos son los que le dan la condición de persona.

A pesar de sostener una aparente igualdad entre los hombres y de terminar con los privilegios obtenidos en el Antiguo Régimen, el modelo político iluminista y su teoría presentan inconsistencias garrafales. En la práctica, la igualdad es excluyente. La igualdad se logra con ciertos requisitos: la obtención de la propiedad y la pertenencia al sexo masculino. Quedan excluidos los denominados ciudadanos pasivos: las mujeres, los que no eran propietarios y los negros porque los atributos de la ciudadanía asumen la forma de derechos políticos: libertad política y derecho al sufragio, el que es ciudadano vota.

En relación al concepto de género de Joan Scott,  “El género es una manera primaria para significar a las relaciones de poder[1]. Las características de esta sociedad patriarcal perpetuaba la inferioridad de las mujeres. El argumento central era la falta de racionalidad de las mujeres dada por las características naturales de su personalidad que iban en contra de un mundo ilustrado. Como se conducían por su sensibilidad, carecían de sentido de justicia. Esta justificación servía para excluirlas del espacio político y del pacto político, pero no se las educaba para que se pudieran perfeccionar y entrar a ese mundo de hombres. Mientras que los hombres pertenecen al área de producción, las mujeres al de reproducción. Por eso,  las mujeres están ligadas a los roles naturales, tanto el rol biológico como el social. Como no producen, se las considera en una escala menor.

Pautas del Contrato Social

El Contrato Social establece una comunidad de hombres libres e iguales en donde se pueda construir un orden social; pero para ello se necesitaba de la sujeción de las mujeres. Ellas debían atender a sus maridos a cambio de protección y solo se podían incorporar a este contrato social por medio del contrato de matrimonio. Incluso, para que el varón rousseauriano pudiese ejercer sus funciones en la esfera pública, las mujeres debían liberar a sus maridos de las tareas de reproducción y mantenimiento de la familia patriarcal que son propias de la esfera privada.

Entonces, Rousseau pauta en su obra El Emilio (1762) una esfera, una educación y actividades socialmente aceptadas para cada género. Se enseña que el hombre y la mujer no son iguales en lo físico, ni en lo moral sino opuestos complementarios. Cada uno era apto para una esfera diferente, lo que se conoce como La teoría de la complementariedad de los sexos. A través del personaje Emilio, Rousseau impone las responsabilidades de los hombres: económicas y políticas del espacio público, y por medio de Sofía, el autor le asigna las actividades domésticas del espacio privado a todas las mujeres.

Rousseau señala que las desigualdades entre los géneros eran naturales y necesarias para la sociedad europea. Por consiguiente, se le exigen determinadas actividades y características de su personalidad para cada género. Así, surgen los distintos espacios de acuerdo a las características socialmente impuestas, los roles de cada género y se prioriza la división sexual del trabajo. Las mujeres no podían acceder al espacio público, no eran consideradas ciudadanas ni sujetos de derecho por no cumplimentar con los requisitos impuestos y porque pertenecía a otro ámbito.

Este mandato cultural discrimina a las mujeres desde ese entonces e impone actividades, responsabilidades y comportamientos previstos y asignados para cada género en donde cada uno tiene su rol ya social e injustamente establecido y en donde es imposible salirse de ese molde. El rol de género prescribe cómo debe comportarse un hombre y una mujer en la sociedad, en la familia, con respecto a su propio sexo, al sexo contrario, ante los hijos, perpetuando así un pensamiento sexista que produjo una estratificación en los roles de géneros que aún hoy en día se sigue observando.

Por Glenda Megna.


[1] Scott, Joan. 1986. “El género: una categoría útil para el análisis histórico.” En Lamas, Marta. 1996. Compliadora. El Género: La construcción cultural de la diferencia sexual. México, PUEG. p. 37.