Un libro que denuncia las condiciones infrahumanas en las que viven las mujeres privadas de su libertad. Frente a la esplendorosa Ciudad Ribera, el mismísimo círculo del infierno.

Por Rosario Spina.

nadie las visita

“Las cárceles se construyen con muros

para que Dios no vea lo que hace el hombre con sus hermanos”.

Oscar Wilde

Mientras cursaban la Maestría en Género de la UNR, Graciela Rojas y Raquel Miño decidieron investigar sobre la maternidad y la sexualidad en mujeres privadas de su libertad. Movilizadas por las preguntas ingresaron a la Cárcel de Mujeres Unidad Penitenciaria Nº 5 de la ciudad. Pero esos temas —descubrieron luego— eran solo dos minúsculos puntos en un mapa plagado de huecos. Pequeñas y grandes invisibilidades, faltas, bocas silenciadas.

“El sentimiento de culpa te atormenta todo el tiempo, de que perdí a mi familia, mi hijo, mi trabajo, mis amistades, uno aquí si te vienen a ver la primera vez ya no hay segunda ni tercera, porque uno es una vergüenza”

Silvia

“Nadie las visita” es el resultado de esta ardua investigación. El tiempo planificado —cuentan las autoras— se amplió porque a medida que profundizaban el análisis y conocían de cerca el lugar, los temas se multiplicaban.

El libro abre con un prólogo de Eugenio Zaffaroni, ministro de la Corte Suprema:

“Todos conocemos la situación de las prisiones latinoamericanas, pero lo que revela la investigación es en muchos sentidos más cruel que respecto de los hombres presos. El número (de internas) aumenta, el mayor porcentaje lo nutren las mulas, explotadas por los traficantes y dejadas a su suerte, víctimas de la miseria, del traficante, del amante y del estado.”

Luego de ser el último eslabón de la cadena de narcotráfico, uno de los problemas principales de las internas al llegar a la cárcel son los hijos. En general, gran parte de esta población carcelaria son mujeres que pertenecen a familias delictivas. Por lo tanto es complicado para ellas encontrar alguien que cuide de esos menores. —Afuera no tienen a nadie, ni una suegra ni una madre ni una hermana. Ha habido casos de chiquitos que ellas decidían que lo mejor era que lo cuide la cuñada y después volvieron quemados con cigarrillos o con los huesos rotos— cuenta Raquel Miño, una de las autoras.

Si una comprende que lo que se cuenta ahí les sucede a todas las internas, el libro se multiplica penosamente. Cada página equivale a cientos de pesares:

“Como madre me siento súpermal porque especialmente en mi época de adicción mi hijo salió escolta, él me llevó la medalla, la banda, las fotos, el diploma, y yo loca, estaba redrogada, en esa época fue que mi adicción me llevó por poco a la locura (…) en la cárcel me siento muy culpable porque hice mucho daño a la gente que me quería”.

 Esther

El título del libro es una búsqueda por reflejar cabalmente la realidad sin pleonasmos:

—El libro se llama Nadie las visita porque realmente sucede eso. Esta mirada de no saber dónde queda la cárcel ni cuántas hay, oculta a estas mujeres detrás de un muro de silencio. En cambio a los varones los visita la hermana, la novia, la suegra, la madre. Si una observa, afuera de la cárcel de varones hay colas para ir a verlos y atenderlos: llevarles comida, ropa, dinero. En cambio la historia de las mujeres no tiene nada que ver: las mujeres sufren mucho, la maternidad es lo único que les ocupa la cabeza. Y como tienen hijos afuera, viven medicadas, de manera legal y de la otra también. Y cuando alguna se pasa con alguna queja o algún dolor, listo, las medican—  relata Raquel.

La cárcel

El libro consta de diferentes ejes, todos relacionados con la mujer y el encierro: la justicia, la sexualidad, la salud, la maternidad, la infancia encarcelada, el estigma y los tatuajes, entre otros. Estos relatos y testimonios adquieren un penoso tinte de desidia a medida que las páginas avanzan.

En cuanto al edificio en donde viven las reclusas, las autoras describen: “El Instituto de Recuperación de Mujeres de Rosario Unidad Nº 5 es una casa adaptada para recluir mujeres, muy antigua, con una estructura edilicia inadecuada e insuficiente. No existe presupuesto que financie la construcción de un edificio adecuado a las necesidades de las mujeres que delinquen, tampoco políticas penitenciarias con sesgo de género. Si bien diferentes gobiernos provinciales han reconocido la gravedad de la situación de las reclusas, solo han realizado proyectos que quedaron en promesas.”

Las internas viven amontonadas, en muy malas condiciones, con espacios donde no entra el sol y con muy poca corriente de aire. El libro también denuncia esta situación.

—Es algo indigno. La mayoría de ellas son jóvenes y algo en lo que nosotras siempre hacemos hincapié es que son chicas pobres. Las que cometen delito y tienen dinero no están presas. Ni pensar en los ladrones de alfombra roja, que deberían estar presos y no lo están. Estas chicas son el último eslabón de la cadena de droga y de delito; la mayoría de ellas están por tráfico de estupefacientes.

Las historias de Nadie las visita son tristes moldes con mínimas variaciones: la miseria y la falta marcó a estas mujeres desde muy temprano. Uno de esos relatos tiene como protagonista a la “Chaque”: una joven que vivía con cuatro hijos en una ranchada cerca de la localidad de San Martín, sobre el río Bermejo, en un estado de pobreza estructural que lindaba con la indigencia. Cuentan las autoras en el capítulo “Cárceles de mujeres”:

“Se vio sin opciones, cercada por el hambre, las necesidades y sin respuestas sociales que la ayudasen a enfrentar su miseria, por lo cual decidió arriesgarse, deslumbrada por las promesas de mejoras económicas, tomando la decisión de ingresar a una de las tantas redes fronterizas que buscan mujeres desesperadas para transportar su mercancía. La detuvieron intentando cruzar la frontera desde Bolivia hacia Argentina”.

Mujeres tras las rejas

El libro de Graciela Rojas y Raquel Miño es el resultado de años de trabajo. La investigación comienza en 2006 pero un tema las va llevando a otro y así fundan la ONG “Mujeres tras las rejas” que engloba proyectos como el Taller de Teatro o el programa de radio que se emite los martes a las 21hs por FM Aire Libre y en el que participan las internas.

—El primer día que transmitimos desde la radio fue una revolución: el director y las guardiacárceles andaban yendo y viniendo. Pero las chicas estaban refelices.

El programa era una prueba piloto, pero el operador se prendió a la idea y dijo que podía asistir gratis todas las semanas para continuarlo: —Así que Andrés iba todos los jueves, no faltaba ni uno— cuenta Raquel, agradecida.

Cuando está presa, la mujer rompe con el paradigma de buena madre y buena esposa. Entonces, la condena es doble. De esa premisa surge la motivación de las autoras de Nadie las visita: visibilizar a estas mujeres privadas de su libertad. En una entrevista publicada en Las 12 (Suplemento de Página/12) las autoras cuentan en relación con el programa de radio:

—Sería ilusorio pensar que una actividad de dos horas por semana pueda cambiarle la vida a alguien. Esto les va a permitir tejer puentes, saber que son personas íntegras. Porque cuando estas mujeres llegan al penal han pasado un derrotero de exclusión absoluta, son mujeres golpeadas, madres adolescentes, tienen varios hijos. Traen enfermedades odontológicas, cutáneas, falta de salud, de educación. La prisión es un lugar más en este derrotero de vida, no las sorprende. Entonces, no es fácil pensar que por esta instancia que atraviesan con nosotros van a salir liberadas, como les hace creer la religión. Queremos que la prisión las dañe lo menos posible. Y atravesar estos espacios que les brindamos les acaricia el alma.

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