Después de  la última persecución del Marqués de la Bahía sólo quedaron pocas tiendas en pie. Los perseguidos se dispersaron en todas las direcciones, con sus vidas truncadas y sus ideales reprimidos. Un viento frío y seco se llevó todos los restos de la pertenencia viva de muchos hombres y mujeres que, discriminados por su etnia, fueron literalmente aplastados por los aristócratas de la época. Entre las pocas cosas que algunos pudieron llevar consigo, una pequeña pieza perteneciente a una colección original y única, constituyó la osadía de uno de los perseguidos.

Por Mónica Morello.

pensado para amar

-Ya es hora de cerrar, hoy fue un día muy agitado. La voz vino del fondo de la sala y se coló por entre las cortinas.

-Si no fuera por esta gran amiga, ¿qué sería de mi vida?… Saray dejó salir un suspiro mientras agradecía la  complacencia de su fiel compañera y le regaló una mirada profunda.

Saray vino de lejos, del país más allá de la aguas y creció aprendiendo costumbres ancestrales. Perdió a sus padres cuando era muy pequeña pero en su sangre corría la esencia de la etnia, y sin posibilidad de aislarse, se integró en diferentes comunidades consiguiendo una fiel amiga que comprendía sus sentimientos sin necesidad de que Saray emitiera palabras. Y lo mismo ocurría con Saray respecto de Raizel: sólo se miraban y eso bastaba. Llevaban muchos años compartiendo la misma casa y se conocían demasiado. Ninguna de ellas había encontrado  aún el motivo suficiente para abandonar a la otra. Saray había heredado el oficio de su madre, que no llegó casi a conocer, y adivinaba la suerte de los demás. En cambio, Raizel se ganaba la vida bordando almohadones. Por eso, la sala de adivinaciones lucía siempre renovada. Sus cortinas terminaban con galones brillantes y en los rincones, los almohadones invitaban a hundirse y soñar mientras se esperaba el turno para ser atendido por la gitana. Del techo colgaban lámparas con cientos de gemas transparentes que reflejaban tonalidades en curiosa variedad. Raizel dijo una vez que también reflejaban la luminosidad interior del cliente en cuestión. Y eso era muy cierto. Las gemas solían rozarse apenas cuando entraba la brisa y componían curiosas melodías. El ambiente era propicio para dejarse adivinar.

Cansada, Saray se dejó caer sobre el edredón de plumas que cubría su cama y fijó la mirada en el techo, pensativa. Su oficio la dejaba muchas veces prendada de las historias que veía a través de los otros. En esta oportunidad, un té frío y unos bocaditos exóticos fueron suficientes para recobrar fuerzas y disponerse a descansar.

Durante los últimos días habían pasado por su sala encantada muchas personas en busca de la verdad. A veces Saray podía ver cosas que no se atrevía a decir. En esas ocasiones seguía escudriñando el destino de la persona hasta encontrar algo alentador para decirle. Así, se sentía realizada.

Mientras descansaba, su amiga ordenó la sala, acomodó los almohadones para que recuperaran su mullida consistencia, cerró las cortinas y apagó las lámparas. Luego tomó las tazas del día y se dispuso a lavarlas.

-¿Quién fue el afortunado que bebió café en el pocillo?, preguntó Raizel con tono insinuante.

-Se lo ofrecí a una mujer anciana que vino a primera hora.

De todas las tazas que la gitana tenía para dar de beber el café, sólo a una la llamaba pocillo. Era una pieza antigua y pequeña a la que faltaba el asa. Sencilla y hasta descuidada, Saray la utilizaba especialmente con determinadas personas que, a su predecir, podían necesitar eso especial que el pocillo tenía en su interior. En el caso de la anciana, Saray pudo adivinar que venía por una respuesta de vida. Muchos venían por asuntos triviales, pero cuando la gitana anticipaba algo profundo, sin dudarlo, tomaba el pocillo y servía en él ese café humeante que debía dejarse enfriar antes de beberlo del todo. Allí, en el fondo del recipiente, los surcos serpenteantes, bajo la profunda mirada de Saray, quedaban descifrados. La anciana había pasado toda su existencia pendiente de los demás y no había sabido darse un lugar para ella misma. No había escuchado los llamados de la vida y todo lo había hecho para complacer a los otros. Consciente de que transitaba los últimos tramos de su existir, necesitaba darle un sentido a ese recorrido. Un último sorbo y el pocillo dibujó el mapa extraño y, en los ojos de la adivina, se hizo claro y nítido. Saray pronunció unas certeras palabras y la anciana salió de allí decidida a vivir como ella misma, por el tiempo que le restaba.

El pocillo de porcelana sin asas no podía ofrecerse a cualquiera, pues parecía de segunda calidad y ponía en duda lo que se pudiera ver en su interior. Sin embargo, Saray lo conservaba con total convencimiento de su valor. No sólo porque lo había heredado de su madre, sino porque sabía bien que el pocillo traía una historia consigo y tal vez, algún día, llegaría el momento de develarla.

Raizel sabía que siempre era especial lo que ocurría con las personas que se dejaban adivinar con el pocillo de porcelana antigua, sin asa, envejecido y ajado. Nunca se había atrevido a preguntar demasiado sobre el mismo. Considerado un objeto mítico y atesorado con una exagerada dosis de misterio, no se permitía averiguar nada que Saray no quisiera contar. Pero esa noche, cuando la gitana se abandonó sobre el edredón de plumas a tomar el merecido descanso sugerido, sin darse cuenta cómo, comenzó a hilvanar la historia del pocillo.

-Cuando mi madre era muy joven se había enamorado de un gitano de otra comunidad. A escondidas de sus padres, se veían para amarse en silencio. Él era varios años mayor que ella y su casta no lo aceptaba, así que los amantes se encontraban en la playa, en el país más allá de las aguas, y se prodigaban su amor en silencio. Mientras tanto, la familia de ella buscaba un esposo acorde para la única hija mujer que tenían. Muchos postulantes ofrecían valiosas dotes a cambio de tomarla en matrimonio. Y mientras los enamorados se amaban, la familia arreglaba los detalles de la  otra unión. Mi madre conocía bien los desprecios que sufriría al pasearse, después de esa boda, sin el pañuelo blanco en su cabeza. Su falta de virginidad sería evidente y el flamante esposo no tendría piedad en hacerlo notar. Además, no podía imaginar una vida lejos de su amado. Cuando faltaban pocos días para el arreglo, escapó de la tienda llevándome en su vientre sin saberlo y juntos, se ocultaron en un monasterio. Allí nací, un frío día de invierno. En su huida, ella había tomado un pocillo de porcelana que mi abuelo conservaba de su infancia. Él lo había encontrado en un viejo baúl en la casa de unos parientes y por alguna razón lo había conservado. Después de la fuga y al poco tiempo del alumbramiento, los amantes fueron descubiertos por los consejeros de la familia. Una zíngara rebelde, promiscua y con una hija no eran buen ejemplo en la comunidad, de modo que los dejaron escapar, rescatándome a mí y enviándome a crecer con otra parte de mi clan. Poco tiempo después la pareja contrajo una rara enfermedad y no se supo más de ellos. Entre las pocas cosas que vinieron dentro mis mantas estaba el pocillo.

-¿Nunca averiguaste porqué tu abuelo tenía ese pocillo?-preguntó Raizel con suavidad.

-En mi niñez, una vez escuché a la Hechicera hablar de un pocillo de porcelana pintado a mano que había sido usado como salvoconducto para esquivar los terribles arrestos a infiltrados. Sin que ella me viera supe que el pocillo había pertenecido a una antigua colección original que el Marqués de la Bahía había ordenado hacer especialmente en el año 1794. Los gitanos de la época, que vivían mudando sus carpas de región en región, realizaban trabajos de todo tipo para ganarse la vida. Uno de ellos estaba refugiado en la casa de artesanos que preparaba el encargue de un monarca de la dinastía que había reinado históricamente en la Bahía. Sus antecesores habían sido todos muy crueles. En cambio, este Marqués era diferente. El amor por su mujer lo había desarmado. Ella estaba gravemente enferma y todos los días bebía una infusión de hierbas, recomendada por el boticario. Un día, la dama pidió una taza de porcelana pintada con las flores silvestres de la hierba curativa. El Marqués hizo hacer un juego completo con la porcelana más exquisita del lugar y exigió que el mejor pintor plasmara esas flores en las piezas. La casa de artesanos trabajó denodadamente y el conjunto quedó logrado con las exigencias del soberano, quien apenas tuvo su colección original en mano, la puso al servicio de su amada. Todos los días bebía de la pócima en esos pocillos perfectos. Sin embargo, la fuerza de la enfermedad pudo más que los deseos del Marqués y por más que las flores pintadas parecían asegurarle la cura, la marquesa murió. Él enloqueció de furia y olvidó su blando corazón, arremetiendo con todo y con todos a su alrededor. De todas las persecuciones registradas en los documentos históricos, la de este Marqués fue la más cruenta. Las tiendas gitanas fueron desbastadas. En medio de las revueltas, el gitano refugiado alcanzó a robar un pocillo de la colección que él mismo había pintado. En su frenética huida, evadió la guardia del palacio del Marqués, se adentró por los jardines traseros de la mansión y lo tomó para salvarse en caso de ser interceptado. Todo lo demás lo perdió, pero se llevó consigo una ración de aquello que había sido gestado en base a un pedido desesperado de amor. Aquel pocillo de porcelana, diseñado para salvar, pensado para amar, debía permanecer en el tiempo. En algún momento, en algún lugar, debería cumplir la misión que le fue encomendada…

Raizel exhaló y guardó silencio. Ahora entendía porqué Saray ponía empeño en que el pocillo estuviera a mano cada vez que Kavi la visitaba. Este poeta bohemio que, de tanto en tanto, aparecía en la sala de adivinaciones, dejaba a la gitana en un estado de sublimación por varios días. Su mirada profunda se hacía más lejana y cuando él se iba, ella cerraba las cortinas y daba por terminada la jornada de trabajo, presa de un éxtasis difícil de explicar con palabras. Cuando Kavi estaba allí, las gemas de las lámparas tenían un brillo inusual y los hilos de las cortinas destellaban distinto. Saray presentía su llegada con unas horas de anticipación, se vestía con sus atuendos más exquisitos y se quitaba los adornos metálicos de su cuello, orejas y manos. Lucía una belleza natural inexplicable que se plasmaba en su cuerpo, cada vez que se le presentaba la predicción. Entonces, su compañera se ausentaba por largas horas y la magia transcurría allí, en la sala de los hechizos, donde los almohadones bordados invitaban a sumergirse. El edredón de plumas envolvía la acción y Kavi, cada vez, le regalaba un poema mejor. Después, tomaba el café en el pocillo y Saray dejaba perder su profunda mirada en los surcos serpenteantes de la borra, mientras sonreía satisfecha sabiendo que su trovador errante, en poco tiempo más, volvería a visitarla, como cada vez.  Por eso la gitana atesoraba el pocillo hecho de la mejor porcelana, gestado para sanar, pensado para amar y conservado para salvar.

Después de su custodiado relato, Saray se mantuvo en ese estado de embriaguez propio de aquellos días en que Kavi se presentaba, sumergida en la reminiscencia de aquellas apariciones de su varón amado. Luego se sumió en un plácido sueño y no despertó hasta el amanecer del día siguiente.

Meses más tarde, una mañana, Saray se quitó los adornos metálicos, se puso su mejor atuendo de raso, acomodó los almohadones, observó las gemas de sus lámparas y cuando comprobó que todo estuviera perfecto, cerró las cortinas para dar por terminada, antes de que se iniciara, su jornada de trabajo. Su mirada profunda se transportó como cada vez que el ritual se presagiaba, la sonrisa se instaló en su rostro y, con el pocillo en sus manos se echó sobre su edredón de plumas a esperar, con impetuosa convicción, la llegada de su poeta ansiado. Esta vez, Raizel comprendió que la aparición no sería fugaz, sino duradera. Por eso, tomó sus cosas y se marchó.