La nueva novela breve Verónica Laurino es de una escritura profunda y fluida. Podría parecer pretencioso sostener estas dos calificaciones juntas, sin embargo, la autora sin esfuerzos hace brotar entre almaciegos, tierra húmeda que se siente en las manos y árboles florecidos, interrogantes sobre sí misma y el mundo circundante.

Por Rosana Guardalá.

veronica laurino

Jardines del infierno se divide en una suerte de capítulos marcados por un calendario estacional que va de un invierno a otro y termina con un epílogo. Esta segunda novela de Laurino cuenta la historia de Mercedes O, una rosarina que a partir de una beca viaja a un país europeo, para realizar un estudio sobre los ‘Jardines del Infierno’. Parques botánicos, que han atravesado como toda vida humana, momentos de esplendor como vicisitudes. El viaje que se vive desde el comienzo como un “escape” personal: “La urgencia de huir le hizo imposible prever la crudeza del clima. No había forma de parar ese frío. Habia necesitado un cambio drástico (…) olvidar y distraerse del ‘accidente’ “. La situación atolondrada por la que llega al “país que hablan como patos”, a la casa de una familia que la alojaría y le enseñaría la lengua, es una circunstancia que pondrá en evidencias sus miedos. La resistencia de la protagonista por a aprender la lengua pone en evidencia sus posibilidades e imposibilidades para establecer vínculos.  Así, se esfuerza por comunicarse más allá del idoma con la  familia Czeniaquetzur con la que vive y logra hacerlo de manera primitiva pero casi certera, con Udo quien la ayuda a aprender la lengua. Sin lugar a dudas la mejor comunicación no necesita de palabras, así queda en manifiesto con respecto a la experta del Jardín con quien“se ven y se entienden”.

Laurino sabe, al igual que su protagonista, que “las plantas son seres vivos” y que por ello, nuestra forma de atravesar la vida puede pensarse en semejanza: “El invernadero que le asignaron tenía un riesgo del que debía cuidar a sus pequeñas plantitas, el mal del almácigo y el principal aliado contra ese mal era el aire, mantener aireado el lugar para evitar que se formara el  maldito hongo. Ese era el secreto: el aire”. Tener aire, estar aireados. Claves para que las plantas no se enfermen pero también, para que no enfermemos y vivamos sin saberlo habitados por hongos.

La novela es un maravilloso despliegue de saberes botánicos y paisajes cifrados en amables decires poéticos que muestran posibilidades maneras de entenderse y entender el mundo a partir de nuestro libro más viejo: la naturaleza. Verónica Laurino hace de este lugar un espacio de escritura precioso donde dan ganas de sentarse a escuchar y a apuntar las enseñanzas que se caen de la hojas de los árboles o que murmura el té de menta de la protagonista.

Un viaje que une con una costura tensionada pero cercana Argentina y Europa, lo malamente conocido y lo exótico, lo viejo y lo nuevo, el no querer volver y el intentar quedarse, no es otra cosa (como lo anuncia el epígrafe de Italo Calvino del comienzo), que la segunda forma de conocer el infierno de los vivos: “(…) es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

Mercedes O. es una paciente observadora que nos permite mediante sus conocimientos de paisajimos acercanos a ciertas percepciones que nos dejan ver la desnudez de la vida cuando el invierno se ha llevado el follaje de las plantas: “Para la planta, la caída de la hoja significa sólo un letargo, una reducción de su actividad vital. Las hojas han trabajado continuamente durante la primavera, el verano y parte del otoño acumulando almidón en los tejidos del tallo (…). Con la caída de las hojas, la planta tiene un descanso en  su desarrollo, mientras se defiende del invierno disminuyendo sus necesidades y rellenando sus almacenes”. Tal vez, sólo baste con recordar que al  igual que “las estaciones que no se presentan de un día para el otro”, los cambios, las muertes y vidas diarias que nos suceden son parte de este ciclo. Así, será más fácil dejar de pensar como Mercedes O. que: “Hay materiales que nacieron para asegurar el abandono del mundo: el alambre, el pegamento de contacto; las cintas en general (…)” y arriesgarse a conocerse en la “fragilidad de la felicidad”.

¿Dónde podés encontrar esta novela?

En Erizo Editora: erizoeditora@gmail.com / www.erizoeditora.wix.com y en las librerías Buchín (Entre Ríos 735), Oliva (Entre Ríos 548), Club Editorial Río Paraná (Vélez Sarsfield 395) y Librería El Lugar (9 de Julio 1389)

Mini-bio de la autora

Verónica Laurino (1967) narradora y poeta rosarina. Actualmente, vive en Rosario donde trabaja como bibliotecaria. Sus publicaciones en narrativa son: Breves fragmentos (2007), novela premiada por el Consejo Deliberante de Rosario y tutoriada por Patricia Suárez; Vergüenza (2012) novela infanto juvenil escrita junto con Tomás  Boasso y Jardines el infierno (2013). En poesía ha publicado: 25 malestares y algunos placeres (2006), poemario dos veces finalista del Premio Felipe Aldana, Ruta 11 (2007) y Comida china (2009), escrito en coautoría con Carlos Descarga. Ha asistido a diferentes talleres (Irene Gruss, Marcelo Scalona y Daniel Durand), participación en ciclos de lecturas tales como: Poesía en los bares y Arte por la Paz, Poetas del tercer mundo y Salida al mar; y del Festival Internacional de Poesía de Rosario.