¿Un artículo sobre las villas miserias? Bueno, te llevo, pero atendé. Nada de fotos, tapate ese pelo amarillo con este gorrito, no abrás la boca por nada del mundo y dejá de mirar como si nunca hubieras visto un pobre. Te voy a mostrar cómo es esto y después escribí lo que te parezca. No te asustés por el ruido. Son los trenes que pasan cada quince minutos durante el día y cada dos horas de noche. ¿Te imaginás lo que es  dormir con eso?

-Un cuento de Lydia Carreras-

sin salida

Ayer mataron a mi primer amigo, el Pichu. Lo mató la cana dos días después que cumplió los dieciocho. No, ningún  enfrentamiento. Lo estaban esperando a la salida de la estación de trenes, acá nomás, y lo ejecutaron por la espalda. No tuvo tiempo de defenderse. Cayó desparramado por las escaleras hasta que lo paró un tarro de basura.

De chicos, éramos culo y camisa. Me acuerdo que nos sentábamos en el borde de la zanja y hablábamos de lo que íbamos a hacer, si salíamos de aquí, claro. El quería ser guarda de ferrocarril, para usar uniforme y gorra, aunque me cansé de explicarle que ahora los ferrocarriles no tienen guarda, tienen inspector. Bueno—decía— entonces, eso quiero ser, para marcar los pasajes con la maquinita y al que quiera viajar sin pagar, lo anoto en una libreta y lo bajo en la otra estación. Lo de la libreta era un invento nada más, porque no sabía escribir. Le contaba a todo el mundo que su abuelo había sido ferroviario cuando los ferrocarriles todavía eran de los ingleses, y decía que lo habían ascendido varias veces, pero si hubiera sido cierto no habrían vivido en una villa. Igual, nunca se lo dije, pobre, porque para algo son los amigos. Era una ilusión que tenía y de tanto repetirla, se la terminó creyendo.

Muchas veces, cuando tendríamos siete u ocho años, nos preparábamos un bolsito con ropa y nos íbamos a la estación de trenes. Jugábamos a que viajábamos a  algún lado y hacíamos cola en las ventanillas para preguntar cuánto costaban los pasajes. Mirábamos las tiendas, los restaurantes con olor a fritanga, los kioscos de revistas, la gente que se quedaba dormida de tanto esperar, los que lloraban por las despedidas, los que barrían con esos escobillones enormes,  y también veíamos a los carteristas. A nosotros no se nos pasaba ninguna idea rara por la cabeza, pero estábamos acostumbrados a todo en la villa y enseguida nos dábamos cuenta cuando alguno rondaba por ahí buscando. Si el tipo se avivaba de que lo estábamos mirando, nos guiñaba un ojo y se ponía un dedo sobre la boca y eso nos divertía. Mucho de lo que pasó después con el Pichu, me parece que empezó allí, jugando. Cuando se hacía la noche, buscábamos un banco y nos dormíamos. Nadie nos molestaba porque como teníamos un bolso, creían que éramos pasajeros pobres que no tenían donde ir y, además, éramos tan chicos que debíamos dar lástima. Cuando volvíamos a las casas, a mí me daban una pateadura  por escaparme, y a él no le decían nada porque ni se habían dado cuenta de la falta.

La madre trabajaba de noche y, a veces, la señorita, que no tenía ningún miedo de meterse por los pasillos, lo iba a buscar a la casa. No, no era enfermera, pibe, bailaba en un cabaret,  ese que está en Pichincha, La Rosa Blanca.  Aunque mi mamá decía que pobre no, que por qué no lavaba pisos, que vergüenza era pintarse como una puerta y hacer la porquería.  Igual, un día se enfermó y no pudo trabajar más ni lavando pisos ni haciendo lo otro y los pibes tuvieron que salir a cirujear.  No, padre que yo sepa, nunca tuvieron. A veces, la madre se traía algún amigo, pero era para quilombo porque eran muchos en la casilla y la Daiana, la hermanita del Pichu, tenía unas tetas así de grandes. Bueno, un buen día, el Pichu se apareció con una moto. Robada, claro, ¿de dónde más iba a sacar una moto? En un par de horas la vendió y con la guita  se fue toda la familia al shopping. Todavía me acuerdo. Cosa de negros, dirás vos. No, ya sé que no lo dijiste, pero lo pensaste, te vi la cara. Igual, desde hoy, basta de juntorio—dijo mi vieja.

Pará querido, no te vas a agachar a recoger cada cartera que encontrés tirada. Total, ya están vacías. Bueno, después, el Pichu empezó a robar por encargo y eso se lo pagaban bien, así que dejó el cirujeo que no rinde nada. Tenés que andar todo el día mugriento, juntando porquerías, escarbando bolsas de basura. Algunos usan carro y  tienen que darle de comer al caballo, pero mi amigo, que nunca consiguió  ni caballo ni carro,  se armó una carretilla grande con unas chapas y unos palos, y tiraba de eso todo el día, como un animal. También se consiguió un fierro largo con punta afilada y con eso escarbaba dentro del container y no tenía que meterse.

Volviendo a lo de robar por encargo, alguien te pide, un suponer:

—“Mirá pibe, necesito una campera de cuero negro, talle 48”— por decirte algo— y vos vas y se lo conseguís. Tomá la campera, dame la plata. Eso es tiqui, taca. Lo mismo con zapatillas, celulares, tarjetas de crédito, lo que se te ocurra. Muchos de los que hacen eso son tipos bien, que parecen decentes y mandan a sus hijos a colegios caros.  No te hagás el fruncido, haceme el favor, que capaz que alguno de tus amigos está en la trenza. No te imaginás la diferencia que hacen.

Al Pichu le gustaba moverse en la estación de trenes o en los alrededores. Es fácil entretener a alguien con una pregunta para que tu compañero se alce con un bolso y salga corriendo. Hay que elegir bien, nada más. Mujeres solas, viejos, pibes que vienen del interior, en fin, hay para todo. Los hermanos, tenían cinco, aprendieron a darle una mano y a veces, trabajaban en equipo. Hasta la Daiana hacía de campana. Ahora hace bastante que no la veo. Me parece  que ni la primaria terminó. Creo que se fue a vivir con un ex – policía. Dicen que la faja cada tanto, pero no una exageración.

Bueno, al Pichu una vez, lo metieron preso por afanar un bolso. Se había conseguido un amigo con  moto y andaban dando vueltas alrededor de la estación, buscando candidato. Cuando vieron a la vieja, se le acercaron por detrás  y  pegaron el tirón; el problema fue que la veterana no soltó  y la arrastraron una cuadra. Todo mal. Los agarraron pero los tuvieron que soltar porque tenían catorce años.

¿Sabés lo que le dijo la madre cuando volvió de la comisaría? “Tené más cuidado”

Pero no se le puede negar que tenía huevos esa mujer, porque cada vez que le metían en cana al hijo, salía como una loca para la comisaría. Se las sabía todas. Si no se lo dejaban ver enseguida, se rompía la blusa y empezaba a gritar que los policías la manoseaban. No me mires así, principito. Esto es una villa miseria, no una colonia de vacaciones. Así, conseguía que interviniera un juez y, varias veces, le complicó la vida a más de un comisario. Pero eso, en vez de ayudarlo, me parece que le fue anotando puntos al hijo.

Para mí, se exponía mucho. En esa época, dejamos de vernos tan seguido porque yo quería seguir estudiando y buscaba trabajo. En seguridad, de repositor en un súper, algo así. El problema era cuando decía donde vivía. La gente dice para qué venimos a las ciudades, pero nosotros hacemos los laburos que nadie quiere y nos ubicamos en zonas fuleras, al lado de las vías, cerca de la quema, donde está la basura de toda la ciudad y los chicos se enferman de comer porquerías y les salen granos por todos lados. Claro que es una inmundicia ¿o vos te creés que no lo sé?  No, querido, claro que no nos gusta, pero por lo menos, tenemos un hospital, agua, escuela, colectivo y luz gratis.

Mirá al suelo, no  para adentro de las casas. ¿No tenías algo menos elegante, no?

Bueno, el Pichu se fue haciendo grande y se volvió peleador, de bronca, casi te diría. Se consiguió una veintidós y empezó a afanar a cualquier hora del día, por vicio, y no le importaba un carajo que lo reconocieran. Y sí, algo de droga hay en todo esto. Para juntar coraje, para que se te pase el hambre, para estar arriba, para todo. Bastante fácil. Al principio, te la regalan los hijos de puta, y cuando te empezás a desesperar, te mandan a traerles un amigo y así se hace la cadena. Hasta que después te gastás todo lo que hiciste en conseguir más.  Al Pichu, una vez,  unos pastores evangelistas lo llevaron a una granja  que está en medio del campo para que se desintoxicara. En realidad, lo mandó la madre. Los  instalan allí como si fuera un hotel, pero nada que ver. Es una prisión y encima, tienen que trabajar como  burros. Puchos no, cerveza no, minas no. Plantan verduras, ordeñan vacas, limpian todo, juntan bosta, los  hacen levantar temprano, no miran tele y les escarban hasta las tortas fritas que les llevan las madres… Sí, es gratis, pero no es vida.

Bueno, te la hago corta, el Pichu se escapó y volvió a las andadas, pero peor que antes. Estaba como loco, no le importaba nada;  dicen que a veces daba miedo mirarlo a los ojos. Encima, le gustaban las mujeres. A mí también me gustan, pero él tenía pinta y elegía como se le daba la gana. Dejó embarazada a varias. Igual, él la quería a la Elizabet y al Brian lo reconoció. No, a los otros, no. ¿Te reís del nombre que le pusieron? Y bueno, acá es así, querido, ¿qué otra cosa gratis le vas a dar, que además la puedas elegir?

Aquí, en la villa hay mafias de familia, — te aseguro que son más peligrosos que la cana— y el Pichu empezó a tener problemas  por ese tema. Pero no tenía miedo. El seguía en la suya, y te aclaro que no le iba nada mal. Hasta se dio el gusto de viajar  a  Buenos Aires para ver cómo era un tren por dentro. Se compró un pasaje y viajó sentado, mirando por la ventanilla, como cualquier pasajero. Fue y volvió en el día porque no tenía plata para hacer nada en Buenos Aires y cuando llegó, me contó cómo se reclinaban los asientos si querías dormir, cómo estaban tapizados, cómo se abrían las ventanillas y cómo arrancaba suavecito el tren. También dijo que en el tren había baños, pero como eso no se lo creí, dijo que era un envidioso y no me habló por una semana. Está bien que sea mi amigo—pensé yo— pero de ahí a que me tome por pelotudo…

Después, se empezó a subir a los trenes con  amigos. La cosa funciona así: eligen al candidato y cuando faltan poco para que llegue el tren,  lo empiezan a tocar y a meter las manos en los bolsillos. El hombre se siente un tarado pero también se asusta porque piensa que  lo van a violar, y como nadie lo defiende porque todos tienen miedo, si al final lo único que quieren es la billetera,  piensa que sacó la grande.

Robar arriba de los trenes es más fácil  porque la gente está indefensa pero, vos, chorro, tampoco tenés cómo escapar si algo sale mal, ¿me entendés? El Pichu tiró a un par que se le pusieron cabreros por la ventanilla.  Mala suerte.

Otra cosa que hacía, era pararse cerca de la gente que se asoma mucho al andén y  cuando estaba llegando, les pegaba el tirón a  la cartera. Los gritos no se escuchan por el ruido y como todos se amontonan para subir primero, nadie se da cuenta de nada. Hay que calcular bien, eso sí, porque si el candidato se retoba, todo se va al carajo. Me dijeron que una vez, en el entrevero, se le cayó una piba a las vías y el tren todavía estaba en marcha, pero capaz que es mentira.  Esa era la casilla del Pichu. Mirá cuanta gente vino al velorio. No, fotos, no, ¿sos loco vos, no te lo dije antes de salir? Yo te traigo acá para que veas las cosas como son y no escribas macanas, pero tené más respeto, tené. Esta gente tiene mal olor pero lloran igual que vos y los cogotudos de tu oficina. Soltame. No. No estoy nervioso. Pero me arrepiento de haberte traído. Vos no entendés nada.

¿Sabés lo que lo ponía como loco al Pichu? No poder comprar un jean de marca aunque tuviera la plata. En algunos lugares, nunca hay talle, ¿sabías eso? Qué vas a saber vos.  Volvé mañana, volvé pasado— te dicen— hasta que te cansás.  En la cancha, te piden documentos y ni hablemos de los boliches. No, no estoy exagerando. ¿No le viste la cara a la estirada de tu secretaria cuando me vio entrar el otro día? Enseguida manoteó la cartera y eso que me empilché lo mejor que pude. La hubiera puesto contra la pared y …

A mí también me hubiera gustado conseguir un buen laburo, comprarme un autito,  enganchar una mina decente para casarme, sacar a mi vieja de este lugar inmundo y oler como vos, viste, boludo. Pero es difícil que el chancho chifle y que la gallina mee, decía mi abuelo. No tenemos salida. Nadie te da una mano, no importa a quien votés. ¿Sabés cuándo se ocupan de nosotros? Cuando se dan cuenta que la villa les ha quedado en el medio de la ciudad, entonces nos hacen un edificio en el culísimo del mundo y nos encierran como a loro en jaula. O cuando vienen las elecciones,  ahí tenés razón, ¿ves?

No,  pero no me prometas nada. Dentro de todo, tenés cara de buen tipo y no quiero tener que ir a esperarte a la salida de la oficina.

Te voy a decir algo. Mañana no, porque lo llevan al Pichu y no le voy a fallar, pero el jueves, que cobran los jubilados, me voy a dar una vuelta por la estación de trenes.