Si tengo que hablar sobre un libro, cualquiera que sea, empiezo como si se tratara de una cosa. En realidad, un libro, es una cosa. Un objeto. Un ente, si se quiere. Acerca de una cosa, uno puede decir ciertas otras cosas, o no. Puede tener impresiones. Puede decir, me gusta, no me gusta, por ejemplo. Tratarlo como a una cosa es una manera de objetivarlo. De decir: ese libro, y no mi libro.

Por Vanesa Gómez.

Sirena entre los dedos

Las críticas. Recuerdo, particularmente, dos. En la primera, la lectora me dice: querida Vanesa, acabo de leer tus cuentos (todos, en fila). Me gustaron muchísimo. Cada uno me produjo una dolorosa-placentera pequeña descarga eléctrica, un zzzzzttt y de repente te encontrás del otro lado. Me encantan los intersticios por donde te metés, las maneras tan sutiles de sugerir enormidades.

En el segundo comentario que quiero mencionar, el lector me dice que odió mi libro. Y me pregunta cómo. ¿Cómo se hace para generar tantas cosas… desde una escritura tan simple y sin una línea aparentemente lógica?

Voy a intentar una aproximación, por los bordes… ¿Se sueña despierto al escribir un cuento breve?, preguntaba Julio. Yo creo que sí. Al releer Sirenas…, nunca sé cuánto de mí hay o no. ¿Es autobiográfico el libro? Sin lugar a dudas. Sobre todo si lo autobiográfico es lo vivido, lo sentido, lo soñado, lo imaginado, lo leído, lo alucinado, lo percibido.

Creí, durante años, que todos hacemos (o dejamos de hacer) cosas para Salvarnos. No sé de qué. Pero Salvarnos, así, con mayúscula. Reescribí estos cuentos durante años, intentando podar todo elemento accesorio, pero siempre prestando atención a que esencialmente no cambiaran.

Si algún propósito u objetivo tuve, fue el de interpretar las experiencias sensibles, subjetivas. No quise contar personajes, historias, aunque esto fue, sustancialmente, inevitable. Sin personajes, sin historias, por más mínimas que sean, no hay literatura posible.

¿Cómo hice? ¿Miento acaso si digo que no sé cómo lo hice? ¿Si digo que escribí impulsada por emociones? ¿Qué el libro no tiene pretensiones de ningún tipo? La única pretensión que se me ocurre, es la de sacudir al lector, apenas, como una agradable descarga eléctrica recorriéndole el cuerpo.

Yo también odié el libro. Lo odié tanto que la única forma de dejar de odiarlo fue escribiéndolo. Es ilógico, si se quiere, desde la recreación de la realidad a la que llegué, por exasperación del lenguaje, porque no podía escribir de otro modo. Uno no escribe como quiere. Escribe como puede. El mismo lector me dijo que se sintió como un extranjero lingüístico. Y no se equivocaba. Hay una obsesión consiente, una selección Onettiana de palabras, de construcción de oraciones, de párrafos. Hay una ironía Cortazariana. Una descripción sensitiva, a lo Colette. Hay Marcel, Federico, Jean-Paul, Virginia, las Marguerites, Ernest y tantos. Y todos. Y hay yo. Debe haber, también, un yo autor que se imponga a los narradores, los personajes y al que se le imponen ciertos ritmos, ciertos temas, ciertos símbolos.

Abrir un libro es abrir un microcosmos que el lector decodifica y configura en un macrocosmos, al completarlo con su visión del mundo. Al resignificarlo a partir de su vida. Pude intentar transmitir sensaciones, pero si del otro lado, no hubiese habido un lector puro, sagaz, entregado, dispuesto a recibir los diferentes estímulos; si ese lector no hubiese tenido antes la experiencia de esas sensaciones que por medio de las palabras y que al modo socrático, intento extraer de él, entonces hubiese sido imposible ese dar a luz, ese recordarle que las sensaciones lo existen, lo están. Lo habitan.

La técnica, el cómo, es la mayéutica, aplicada en literatura. Un narrador que apela a la memoria de los sentidos, del cuerpo. Que intenta decirle al lector que, intrínsecamente, no es otra cosa que un cúmulo de sentimientos, emociones y sensaciones.

Si en algo creo, es en la capacidad intrínseca de la memoria de cada individuo. Sé que las verdades están ocultas en el interior de uno mismo.

Como dijo Jorge Luis, este libro es ya ajeno. No me conciernen sus errores o  virtudes. Ahora ya no es mío.