A vos te hablo, falso gurú: ¿Quién te licenció en el amor? ¿Qué diplomas te habilitan a decirnos cómo tenemos que festejar San Valentín para no sentirnos fracasados?

Por Lucía Lalli.

día de los enamorados

Miércoles a la mañana. Faltan dos días para San Valentín. Mientras trabajo, escucho la radio. En el programa llaman a alguien que todavía no comprendo por qué se supone que tendría autoridad para hablar del Día de los Enamorados. Pero no voy a ser exquisita, entiendo cómo son estas cosas y hasta aquí me la banco bien.

El gurú en cuestión nos dirá cómo celebrarlo. Nos propone ser originales. Nada de vulgaridades como flores, peluches o cartas.

En su esquema de posibilidades no caben propuestas indecorosas como una cena sin los chicos o un mensajito de puño y letra pegado en el espejo. La idea debe, por lo menos, oler a Channel.

La premisa fundamental es que lo que hagamos este año sea tan magnífico y súper deslumbrante que el año próximo aun no hayamos podido olvidarlo. Porque eso…Pufff, eso apesta.

En ningún momento de la conversación pone el énfasis en la intención ni en el sentimiento que moviliza el agasajo, todo está en el “QUÉ”.

No solo propone irracionalidades, sino que, además, desprecia cualquier forma sencilla de resolverlo. Porque es eso, sencilla.

Le reconozco el carisma para decir con gracia algo que resulta casi agresivo. El “autorizado en la materia” acaba de hacer la reflexión sobre el Día de los Enamorados más vacía que he oído en mis 28 años y, encima, consigue aplausos y elogios que exultan lo “picaresco” de su forma de expresarlo.

Pienso en mi Valentín que no es precisamente un hombre original… ¿Cómo celebraremos nuestro amor?

Miro al techo y pienso. Mi Valentín me encuentra por estos días atravesando uno de los momentos más difíciles de mi vida. Convive conmigo y con mis cien estados de ánimo cotidianos. Me sabe despojada de cualquier interés mundano y asume que entre nosotros nueve de cada diez conversaciones tendrán que ver con mi preocupación. Entre otras tantas cosas, ha dado vuelta sus pantalones para hacer caer hasta el último morlaco de sus modestos bolsillos para ayudarme. El mío es un Valentín pragmático: no me vende espejitos de colores ni me cuenta cuentos de hadas. Sabe que no quiero ser una princesa y ni siquiera sentirme como tal. Él le da soluciones reales a mis problemas reales.

Mi Valentín y yo este año estamos “pobres”, faltos de tiempo y heridos. Estamos condenados a pasar un 14 de febrero “out”. Como muy prometedor, el viernes a la noche miraremos una película de alquiler que, si afinamos la habitual mala puntería, puede llegar a ser linda. Los dos resistiremos, luego de haber madrugado y trabajado durante todo el día, para estirar un poco la noche. Seguramente, él tolerará una vez más que yo me duerma primero (antes del final de la película), como siempre. Yo, por mi parte, demostraré mi amor compartiendo un hipercalórico chocolate  a solo tres días de mi próxima visita a la nutricionista.

Pasará el fin de semana y el lunes será otro día. El año que viene para esta fecha, seguro lo habremos olvidado. Porque no fue nada original ni extraordinario y porque estaremos más viejos.

Eso sí, si mi Valentín de carne y hueso, que no es de cuentos, sigue estando conmigo, yo celebraré una vez más.

A vos te hablo, falso gurú: ¿Qué sabés vos del amor?