Hace algunos años que digo, en broma, que voy a escribir un libro titulado: Alguna vez fui flaca. En charlas con amigas, chistes de por medio, hablábamos de este “libro” inventando capítulos, frases, anécdotas y personajes. Siempre estos comentarios se hacían de manera graciosa, ya que el libro no existe y las veces que lo mencioné no fue más que una ocurrencia.

Por Carolina Raduán.

Habiendo terminado un 2013 bastante reflexivo y con la sensación de que el 2014 será un muy buen año, de pronto me senté a escribir esto, que no sé qué es, que tiene el título del libro inexistente, pero que de alguna manera es una parte de mi vida a la que no me gustaría volver.

Cuando tenía 22 años empecé con fuertes dolores de panza, que según lo que yo creía, me los ocasionaban determinados alimentos. Por lo que me limité a consumir pollo, calabaza y alguna zanahoria hervida, cosa sumamente extraña en mí ya que soy “de muy buen comer”. De hecho creo que es uno de los mayores placeres de la vida. Pero en ese entonces tenía miedo porque seguramente lo que comiera, me caería mal. Me paseaba por cuanto médico había, esperando alguna respuesta a mi malestar.

Entre consulta y consulta mi peso seguía descendiendo. Estaba ocurriendo lo que siempre había querido: ser flaca. Bajé 11 kilos, no estaba anoréxica, pero era mucho peso perdido y en muy poco tiempo. Tuve que achicar la mayoría de mi ropa, cada vez que entraba al probador de algún negocio tenía que decir “¿me traes un talle menos por favor?” ¡Hasta reduje 1 talle de corpiño!. Estaba viviendo el sueño del pibe: era flaca. Obviamente cada vez que alguien me decía, luego de sonreírme, “qué flaca que estás”, yo tenía que explicar mi problema en el estómago (el cual no existía) para así justificar la delgadez. Me ponía lo que quería, muchas de las prendas que nunca me habían entrado me quedaban flojas.

Además de toda esta odisea de ser flaca estaba atravesando una serie de situaciones que evidentemente me sacaban el hambre y además, me ocasionaban dolor.

Lo que quiero decir con esto es que yo, que siempre quise ser flaca, un día me encontré con 11 kilos menos pero con una angustia y una sensación muy extraña que me quitaban las tan placenteras ganas de comer.

Hoy, con algunos años más y habiendo recuperado mi peso hace bastante, puedo decir que me siento bien. Subí lo que había bajado pero mi cuerpo cambió. Volví a comer de todo y cuando tengo ganas. Más precisamente, en el transcurso del año pasado, creo que pude entender estas y otras cuestiones. Me reconocí, descubrí cosas de mí misma que no sabía, logré de a poco sacar situaciones y personas tóxicas de mi vida. Comencé a elegir, a identificar lo que quiero, aprendí a decir que no, aunque esto me cueste pérdidas, enojos y peleas.

Entendí que no siempre lo que creemos que nos va a hacer felices, nos da felicidad. Y que cuando logramos eliminar de a poco lo que nos destruye, el alma y la mente se purifican. Y es ahí cuando aparecen personas y situaciones inesperadas que nos llenan de cosas lindas. Es ahí cuando decimos yo no me esperaba todo esto pero me gusta.

No está mal ser flaca, de hecho me gustaría tener un par de kilos menos y la panza chata, pero siempre y cuando no sea a costas del dolor, del sufrimiento. Definitivamente alguna vez fui flaca, pero no fui muy feliz. Tampoco hoy estoy gorda, pero bueno, a muchas nos pasa, siempre queremos ser más flacas. Y en mi caso lo conseguí, pero no de la mejor manera.

En la vida todo es un proceso, siempre estamos solucionando algún mambo, pero desde mi experiencia puedo decir que a veces crecer duele, que todo el tiempo nos redescubrimos, que una toca fondo en más de una oportunidad, pero que lo bueno de esto es saber que la única opción que queda es subir.

Mi intención al escribir esta nota (esta catarsis) es poder darle vida a este libro imaginario. Porque por algo, ya sea en serio o en chiste, lo mencioné tantas veces. Y está bueno volcar en papel algunas sensaciones ya que al leerlas las vemos desde afuera desde otro lugar un poco más claro. Si este libro existiera, creo que cada capítulo sería una etapa de mi vida.

En este último tiempo algo cambió en mí, hay cosas que ya no quiero, que ya no necesito, situaciones y personas a las que ya no me someto, lugares a los que ya no me interesa ni necesito ir, momentos de los que no me arrepiento, pero a los que no quiero volver. Todo, absolutamente todo lo que nos pasa, sirve. Simplemente hay que saber capitalizarlo a nuestro favor, transformarlo, trabajar para sacarle lo bueno, entender que a veces son aprendizajes que necesitamos transitar para luego poder iniciar algo nuevo, evolucionar para reconocernos, y así, aprender a elegir, a tomar decisiones teniendo conciencia de todo lo que eso implica.

Cuando estamos bien, elegimos bien y cuando nos queremos, podemos querer y buscar cosas positivas y constructivas. Creo que de eso se trata, de poder construir. Que es absolutamente lo contrario a destruir.