“Mujer joven, inteligente, simpática, independiente, bella y exitosa, busca caballero con atributos equivalentes para realizar una transacción amorosa mutuamente favorable por tiempo inestimado”.

Por Ana Eugenia Volonté.

Queridas lectoras, les hablo desde este lugar: soy esa mujer. En el proceso de búsqueda me he encontrado con varios obstáculos a sortear, como un hombre que se mostraba sensible y comprensivo hasta que demostró ser violento y agresivo, otros que sólo buscaban un “touch and go”, otros que apuntaban a “tener otra mina en su lista” y el último de todos, un estafador emocional (ése que te muestra ser todo lo que querés y termina siendo un absoluto egocéntrico empedernido al que no le importaste nunca un carajo).

Al ver en retrospectiva este historial de fracasos amorosos me doy cuenta de que aprendí muchas cosas de mí misma y de cómo establecer relaciones y vínculos; y se me abrió una pregunta, una que invito a todas a apropiarse: ¿Desde qué lugar elijo a alguien? ¿Desde la necesidad o la plenitud?

¡Chan chan! ¡Qué pregunta!

Cuando elijo a alguien desde mi necesidad, porque me siento sola, porque quiero a alguien que me haga sentir deseada, linda e importante, porque tengo un vacío en mi vida que quiero que alguien llene, me relaciono con el otro desde mi necesidad, generando así un lazo de dependencia emocional. Al otro le cargo esa mochila: “Tenés que hacerme sentir….” Completen la frase con lo que se les ocurra, pero el final siempre va a ser el mismo: “Tenés que hacerme sentir ….. porque yo no lo siento por mí misma”. Eso es relacionarse desde la necesidad.

Al comienzo es fantástico, idílico: Él es ese que me sacó de mi estado de carencia, me hizo sentir el centro del universo, linda, importante, ¡feliz!… Pero pronto comienzan a surgir a la superficie ciertos “problemitas”: celos, condicionamientos, demandas, exigencias, miedos; poniendo de manifiesto ese malestar que, a través de la búsqueda de una pareja, intento mitigar: miedo a ser abandonada, baja autoestima, poca confianza en mí misma, sensación de no ser capaz de lograr ciertas cosas sola, miedo a la soledad…la lista puede ser interminable.

Ésta es la receta para establecer relaciones insatisfactorias y turbulentas, relaciones que restan, no suman, que encadenan más que ayudar a plenificarse.

Relacionarse desde la plenitud es algo totalmente diferente: “Yo me siento linda, interesante, amorosa, atractiva, plena y feliz. Y quiero compartir con vos, compañero, parte de mi trayecto vital, o todo el trayecto completo, no lo sé, juntos lo averiguaremos. Entonces, como yo estoy firme en mi centro, me permito ser yo misma y te permito ser vos mismo, nuestra relación suma a mi vida, no hay condicionamientos, hay libertad sin libertinaje. Cada uno es una unidad completa en sí misma, y juntos creamos un espacio que nos trasciende a ambos. Ese espacio no se lleva el 100 % de mi atención ni el 100 % de la tuya, porque los dos tenemos nuestros espacios personales: trabajo, amigos, hobbies, familias, y nuestra relación es un espacio más, eso sí, con un brillito especial. Y desde nuestra libertad y nuestra plenitud nos relacionamos, esto es: Estoy con vos porque te elijo, no porque te necesito, y así nuestra relación suma, no resta, nos ayuda a los dos a crecer, a descubrirnos, a ser más plenos, responsables, amorosos, etc”

“Estoy con vos porque te elijo, no porque te necesito”…

Éste es un problema para muchos. Hablando con amigas, llegamos a la conclusión de que hay hombres que no se bancan esto: ellos quieren ser necesitados.

Al principio les atrae esa independencia, autoestima, seguridad, confianza, libertad….pero terminan por sentirse amenazados por eso y no pueden sostener la relación.

¿No te enojás si salgo con mis amigos? … No.

¿No te morís por verme y estar conmigo todos los días? …. No

¿No soy lo único y más importante en tu vida?… No

¿No NECESITAS de mí? … No

Los hombres que se quejan de sus parejas porque se enojan por estas cosas y siguen sosteniendo el vínculo, es porque en realidad esas demostraciones son una garantía de que no serán abandonados. Ellos también se relacionan desde el miedo.

Es peligroso para ellos decirles: “No te necesito, te elijo”.

Si el hombre es maduro emocionalmente, con alta autoestima (no falso orgullo inflado), seguro de sí mismo, independiente y libre, se va a sentir reconfortado y pleno al escucharlo.

Pero lamentablemente los hombres no están así. Están atrapados en el modelo cultural machista que dice que ellos son los proveedores, los valientes, los sexuales, los que ganan dinero, tienen libertad, y que la mujer es una idiota incapaz que espera encontrar su príncipe azul.

Cuando se cruzan con una MUJER con mayúscula, ¡salen corriendo! ¡No se la bancan!

¿Cómo se me ocurre a mí, MUJER, querer y cuidar mis espacios privados y personales, ¿Cómo se me ocurre querer ganar mi propio dinero y ser de igual exitosa que vos en mi profesión? ¿Cómo se me ocurre a mí MUJER querer salir sola con mis amigas y amigos? Detrás de estas preguntas está el…¿Cómo se me ocurre no necesitarte y que no seas el eje en torno al cual gira el resto de mi vida? Y detrás de esta pregunta está el mandato machista y el miedo y la inseguridad: “Si no me necesita me puede dejar”; o tal vez el ego inflado de falso orgullo: “Quiero una mujer un poco dependiente y un poco insegura, así yo me aseguro ser el más exitoso, el eje de su vida, el más deseado, admirado”.

Cuestión: yo soy una MUJER, y sé lo que valgo, como persona y como MUJER. Mis relaciones “fracasadas” fueron lecciones que me enseñaron eso de lo que sí soy capaz: Sentirme plena y feliz por mí misma, no colgarme al primero que se aparece por necesidad, elegir a alguien y cuidarlo, estar atenta, ser amorosa, alimentar y sostener el vínculo, hacerlo crecer, respetar las libertades de cada uno, escuchar y comprender, hablar mi verdad y enfrentar los conflictos sin ser agresiva, acordar algo y sostenerlo; aprendí que mi palabra vale, que es cálida y asertiva, y, sobre todo, que hago mis elecciones desde mi plenitud y mi libertad.

Éste aprendizaje personal, realizado a lo largo de algunos años, es lo que le deseo a todas las MUJERES y a todos los HOMBRES, para que las relaciones amorosas sean realmente amorosas, nutritivas, cálidas, de cuidado y crecimiento mutuo, de aprendizaje y desafío continuo.

El amor inmaduro dice: “te amo porque te necesito”.

El amor maduro dice: “te necesito porque te amo”.

(Erich Fromm, El arte de amar)