Por Rosario Spina.

Hace unos días fui a comprar un serum desenredante a una perfumería de calle Pellegrini. El peluquero estaba de casualidad en el sector de venta —su peluquería está en el primer piso y la perfumería funciona en planta baja— pero no tardó en llenarse las manos con botellitas transparentes y coloridas para enseñármelas. Me mostró varias pero se detuvo en una —la más cara— recalcando todas sus bondades i-ni-gualables. Y rematando con una frase rotunda, incuestionable, ante mi cara de “Jamás Voy a Pagar ESO por un simple serum”

—Sí, es caro, pero te soluciona la vida

Atiné a musitar dos o tres palabras. No me dio tiempo a hilar alguna frase sencilla para contestarle que las cosas “que te resuelven la vida” son otras. Y tampoco parece que entendió lo que quería decirle porque agregó inquieto:

—¿Y qué es importante? ¿Un par de zapatos?

Inmediatamente di una excusa poco creíble y me fui del lugar. Sin comprar nada ¿vale aclararlo?

O  yo, que vengo de las letras,  soy demasiado puntillosa con algunas expresiones o este tipo nunca en su vida se puso  a reflexionar nada ni un poquito.

A ver. Ser mujer no nos incluye automáticamente en la categoría “compro lo que veo porque sí” o “soy poco pensante”. Es evidente que  hay gente que aún así lo cree. Pienso en los opositores del voto femenino. Y sin ir tan lejos, pienso también en ciertos “creativos” de la publicidad actual. Pero después pienso en nuestras mujeres de la historia: Julieta Lanteri, Lola Mora, Eva. En todas ellas. Más me remonto en el tiempo, más me enojo.

Todas lo sabemos. No hay fórmulas mágicas para ser feliz. No hay productos que puedan comprarse en mercado alguno que te solucionen nada. Tal vez logren desenredarnos el pelo. Hacernos sentir más altas. O cambiarnos el aspecto por un par de días. Simplemente eso.

Y no hay nada más agresivo y discriminatorio que creer que porque somos mujeres pueden subyugarnos tirando pseudosentencias mágicas. O tiernas. O categóricas, que no den lugar a refutación.

Basta de cuentos infantiles. Todas sabemos que no existen los príncipes azules. Que ningún zapallo se convertirá en carroza dorada. Y mucho menos que un hombre, o un simple serum para el cabello, pueda ser el poseedor de la llave para una vida resuelta y simple. Y que nosotras, bellas durmientes, reinas pasivas, debemos estar esperando.

Somos mujeres en toda su complejidad y su simpleza. Sabemos que en la vida no hay abracadabras que vengan a hacer lo que solamente nosotras podemos. Y aunque recurra a una perogrullada: nuestro destino está, ni más ni menos que en nuestras manos. La fuerza está en nosotras. Y no porque seamos mujeres. El secreto está en nosotras porque somos humanas y tenemos ante todo el Aquí y el Ahora que nos empapa y nos moviliza. Estamos vivas. Dejemos movilizarnos. Permitámonos el cambio. Pero que no nos tomen por tontas. Las únicas que podemos “resolvernos la vida” somos nosotras, son nuestros afectos, son las cosas que realmente trascienden. Ustedes saben de qué les hablo.