Si bien es cierto que muchas mujeres son futboleras, aman ir a la cancha, gritar goles y alentar al equipo, definitivamente éste no es mi caso; pero por una curiosidad innata que me mueve hacia horizontes cada vez más desconocidos, decidí subirme al palco y gritar yo misma, desde las tripas, el tan esperado gol. ¿Qué se siente? ¿Cómo se vive? ¿Qué embrujo posee este fenómeno que suma más adeptos cada fin de semana? ¿Qué hay dentro de la cancha que no se ve en la tele?

Todas estas preguntas son las que mentalmente fui respondiendo en mi visita al estadio.

Por Ana Eugenia Volonté.

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Aunque el partido de ese día comenzaba a las 18:10, la aventura tuvo inicio alrededor de las 14. Recibí el llamado decisivo: “Estoy sacando las entradas, ¿venís?” – “¡¡Obvio!! Lavo los platos y voy”. Por supuesto, antes de inmiscuirme en este universo masculino debía realizar satisfactoriamente mis tareas domésticas: con el delantal a cuadritos y volados y guantes, por supuesto, para no arruinarme las manos con el detergente, lavé los platos del almuerzo y partí.

Bajé del cole en la intersección de dos calles rosarinas para encontrarme con quien sería mi guía turístico en este paseo tan particular. Llegó él con una camiseta del equipo, me la puse y con ese acto firmé el acuerdo inviolable de convertirme en hincha leal.

Fuimos a un kiosquito cercano y llegó “la banda de los muchachos”.  Me resultó excesivamente fácil aprender los nombres, pues compartían todos el mismo apodo: boludo. “Che boludo esto…che boludo aquello, che boludo…”. Por mis adentros me preguntaba: “¿Si llamo a uno se dan vuelta todos?” No formulé este interrogante en voz alta por miedo a la reacción de los boludos sentados conmigo a la mesa, pues eran todos ellos, con más de 1,70 mt y 70 kg, contra mi, con 1,62 mt y 47 kg. Si hubiera develado este pensamiento habría merecido con honores título de “boluda”, pero dado que  una chispa de reflexión espontánea tuvo lugar en mi cabeza, aún conservaba mi nombre original.

La previa consistió en lo siguiente: pipas y cerveza (y alguna que otra 7 up para quien se pasó de vuelta la noche anterior y cuyo hígado fue incapaz de procesar más alcohol).

Iiiiuuuuu iiiiuuuuuuuu, sonaron las sirenas de la policía, iiiuuuu iiiuuuu

Aproximadamente seis colectivos con hinchas del equipo rival desfilaron ante nuestros ojos. Los boludos no querían que esto sucediera y, leyendo en mis ojos mi cuestionamiento (¿por qué no querían que pasen por allí?) uno me explicó: “Les tiran piedras a los bondis”. Ésta fue mi primera gran sorpresa de la tarde.

La ciudad un poco más sucia, camino a la cancha fuimos al estilo Hansel y Gretel dejando rastros de comida en el camino.

Llegados a la entrada del estadio revisaron a hombres y mujeres; no se permite entrar con aerosoles ni botellas de agua. Pregunté a un boludo por qué me retuvieron mi Eco de los Andes y su respuesta fue: “Se las tiran a los árbitros”. Mi segunda gran sorpresa. Me cuesta entender por qué un deporte tan lindo como es el fútbol, más allá que no sea adepta ni fanática, está tan lleno de violencia.

Entramos y subimos a algo así como un semi-piso donde estaba “La Barra Brava” cantando y alentando. Banderas y bombos se veían y escuchaban a todo mi alrededor. No me resultó difícil aprenderme las coplas, y una vez que las tuve interiorizadas salían de mis labios con fluidez y se fundían con la melodía desentonada elegida para cada momento.

A continuación esbozo una estrofa a modo de ejemplo:

Ponga huevo….ponga huevo…..

Destruiremos los patrulleros…

Ponga huevo….

Unos minutos allí y luego pasamos al centro de La Popular, donde mis sorpresas y temores cobrarían una intensidad aún mayor.

Nos ubicamos en el punto neurálgico del peligro y la pasión instintiva de la barra. La emocionalidad fue extrema y polar: amor-odio. Los cánticos tenían sólo dos finalidades: alentar al club y degradar al equipo contrario. Pero en este caso opera una lógica diferente a la corriente: el “equipo contrario” no es el que juega como rival en ese momento, sino el adversario histórico. No importa contra quién se  juegue, las canciones son siempre para el eterno “odiado” club rival. Ésta fue la tercera gran sorpresa de la tarde.

Por supuesto que al no entender nada de fútbol, mis reacciones siempre llevaron un tiempo de demora, los segundos necesarios para imitar las reacciones de mis compañeros hinchas. Así cuando todos gritaban “ohhhh” y se agarraban la cabeza, aunque mi primer impulso hubiera sido aplaudir porque creía que había sucedido algo positivo, me limitaba a copiar la expresión de aflicción y esconder mi desconcierto. Tardé unos minutos largos en darme cuenta de que el partido había comenzado, pues mi imaginación me decía que los primeros movimientos eran una especie de “precalentamiento”. Luego de un tiempo prudencial me di cuenta que algo me estaba perdiendo, por lo que pregunté a un boludo: “Che, ¿ya empezó el partido?”“Sí, hace un ratito” me contestó. En este caso la boluda fui yo; por fin me hice merecedora del título.

Era insidiosa y casi imperceptible la forma en que el volumen y la energía fueron disminuyendo poco a poco, volviendo a revivir luego gracias a algún movimiento importante de la pelota en la cancha. Así, cuando los brazos que alentaban ya no tocaban el cielo, volvían a atravesar las nubes si el balón rozaba el arco contrario, o propio en el peor de los casos. Tal como se observa el incesante movimiento del mar en la orilla de la playa, que sube y baja para volver a subir, eran la fuerza y el aliento de los hinchas durante los 45 minutos del primer y segundo tiempo.

La excepción por supuesto fue el entretiempo, esos 15 minutos en que todo el clamor se desvaneció de repente para dar paso al silencio y el descanso, una charla amena y un cruce de comentarios acerca de lo ocurrido durante la primera mitad del partido, y unas cuantas respiraciones profundas, mezcla de oxígeno y humo de porro, para recuperar el aliento y la energía necesarios para volver a animar a los jugadores.

El gol se hizo esperar, pero llegó en el instante perfecto para concretar la victoria. Con toda la fuerza de los pulmones, y agrego, también de corazón, los muchachos de la barra gritaron: “Goooollll…Goollllll”. Fue definitivamente el momento más pasional de toda la tarde. Abrazos se compartieron, choques de manos, suspiros de alivio y demás muestras de una felicidad inexpresable y compartida tuvieron lugar en ese momento. Admito que, a pesar de haber estado rodeada por tanta energía y euforia, no pude responder a la pregunta sobre qué se siente gritar un gol en la cancha. Mis sensaciones fueron una mezcla de sorpresa, alegría y terror a que una avalancha humana me dejara aplastada contra el alambrado. Sobreviví, ése fue mi suspiro de alivio y quizás también mi alegría más grande.

Al momento en que dentro de mi pecho saltaban estas emociones, en mi mente hubo un colapso de sinapsis, un instante de iluminación que me hizo comprender la magnitud de lo que estaba presenciando. El mecanismo que se produce es el de  Confluencia (mecanismo de defensa de la terapia Gestalt), los hinchas se hacen uno con el club, su yo se funde con ese algo más grande y forman una unidad mayor que los incluye tanto a ellos como a todo el equipo de jugadores y sus movimientos en la cancha. Para decirlo más fácil: los hinchas y el club son uno solo, las alegrías del club son causa de felicidad de sus seguidores, y lo mismo es válido para las derrotas y tristezas. Este mecanismo se manifiesta allí de una forma increíblemente instintiva, es algo así como un impulso primario y primitivo que habita dentro de cada uno de los hinchas y sale con toda intensidad justamente allí, en “La Popular”. Si bien había leído acerca de este mecanismo en libros de psicología, nunca lo había visto así, en vivo y en directo. Ésta fue la cuarta gran sorpresa de la tarde.

Llegado el minuto 47 del segundo tiempo sonó el silbato que dio fin al espectáculo.

Agotada, aturdida y con nuevas comprensiones me despedí del campo de juego y emprendí mi regreso a casa.