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La calle marca un ritmo torpe. Es julio, es invierno y afuera el clima es una nube densa, envasada. Nos citamos a las dos. En los pueblos, las dos es el momento de suspender las persianas en lo bajo, de apagar todo y tirarse un rato a descansar. Acá, en la ciudad, el ritmo es otro.

Por la calle pasa gente urgente. Dos hombres y dos maletines: serios. Una mujer con el corazón convertido en ceniza de quien sabe qué desencanto. Una chica de unos veinte años: en la mano, el celular al rojo vivo; en la otra, un chiquito que lloriquea y le pide algo que no logro escuchar. Yo la miro a través de un vidrio, a través del humito de la taza de café.

La tarde es una luz grumosa en la mesa de este bar. Afuera, gente y tránsito que aplasta. Adentro, un pequeño microcosmos: el cortado espumoso y charlas leves, de fondo, como en off.

Mi amiga llega, me da un beso y respira hondo para bajar el acelere de afuera. Se sienta y pide un café liviano. Listo. Basta de gritos, de fisuras, de corridas. Desde este momento, la mesa es un paraje incontaminado. Y la charla comienza a desplegarse, serena.

Quién sabe en cuántas mesas de cuántos bares de la ciudad la amistad esté siendo una ceremonia liviana y refulgente que rompa con la tosquedad de algunos días.

Una ceremonia que nos dé alas para escaparnos un ratito de la realidad cuando duela.

Y que nos ayude a volver mejor, libres, renovadas.

Feliz día amigas lectoras.

Nuestro homenaje a la amistad es esta revista. Bienvenidas, nuevamente, a IneditadaS.

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