Edición 6

Por Rosario Spina.

Cuenta el escritor Fabián Casas que una vez se le rompió un zapato y no conocía una zapatería cerca donde poder arreglarlo. Sin embargo salió a la calle y a las dos cuadras encontró una. Hablando con el zapatero supo después que hacía 20 años que él estaba en el barrio. Luego de unos días retiró su zapato “arreglado de manera notable”. “Entonces —dice Casas— saqué una conclusión: Hasta que no lo necesité el zapatero había sido invisible. Saqué otra conclusión: todos los que hacen bien su trabajo son invisibles. De manera que en una cultura que propicia la sobreexposición mediática, la invisibilidad es un don.”

Hace exactamente un año atrás mi sobrino menor comenzó con dolores de panza. Un médico del lugar donde vive le diagnosticó gastroenteritis. En realidad era una neumonía pero a causa del mal diagnóstico fue evolucionando a un cuadro gravísimo.
Los pasillos brillantes, los ambos verdes y el olor metálico del Sanatorio de Niños fueron el color diario con que se pintaron los días familiares. Cuando creíamos que la primera operación era también la última, vino una segunda y una tercera y una cuarta.
En este equipo profesional hubo alguien que Cami, hoy con tres años, aún sigue recordando. Cuando nosotras teníamos que irnos porque terminaba el horario de visitas, Cristina comenzaba su turno en la Terapia Intensiva del sanatorio. Entonces le cantaba la canción del Sapo Pepe, amasaba plastimasas de colores y con algunos bajalenguas le armaba avioncitos.

Cristina, el Dr. Cantor, su equipo de cirujanos y todo el personal que estuvo junto a él hicieron que Camilo tuviera dos fechas de nacimiento: la del día que salió del vientre de su madre y la del día del alta, totalmente recuperado.
Hoy queremos quitarles por un ratito, como diría Casas, el don de la invisibilidad. Y darles un GRACIAS enorme a Cristina y a todos estos profesionales que entienden que no hay disgregación entre cuerpo y espíritu. Que saben la importancia de controlar la temperatura pero que recuerdan mirar a los ojos, escuchar atentamente y levantar el ánimo cuando más se necesita. A Cristina y a todos los que no olvidan que la ciencia médica, sin el apoyo emocional, es imperfecta. Para todos ellos, este número de la revista.

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