Alejandra Suárez es profesora de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas (UNR), investigadora del CONICET y presidenta, desde 2009, del Consejo Consultivo de la OPAC (Organización para la Prohibición de las Armas Químicas residente en La Haya). El mes pasado la organización recibió el Premio Nobel de la Paz “por sus grandes esfuerzos para eliminar ese tipo de arsenales”.

Dialogamos con ella para conocer más sobre sus roles: científica, docente, mamá. E integrante de la organización ganadora de un Nobel.

Por Rosario Spina.

Alejandra Suarez

Alejandra nació en Córdoba, se licenció y doctoró en la Facultad de Ciencias Químicas de esa ciudad pero a principios de los ‘90 el destino la trajo a Rosario, donde conoció y se casó con un rosarino. Sus ganas de estudiar Química, nos cuenta, surgen en la adolescencia:

— A mí me gustaba todo pero tuve una profesora de química muy apasionada que nos supo transmitir muy bien su amor por la materia. La química está en todas partes, sirve para muchas cosas, es la responsable de la excelente calidad de vida del día de hoy y de las expectativas de vida. Yo quería saber un poco más y ver qué podía aportar con esta profesión.

Desde la OPAC trabajan para que nadie investigue sobre las armas químicas y que ninguno de los desarrollos científicos que están actualmente poniéndose en conocimiento sean utilizados para generar este tipo de armas. Alejandra nos explica esto y agrega:

— Las sustancias químicas no son ni buenas ni malas, depende cómo se las use. Todos los días se desarrollan nuevas sustancias y lo que uno tiene que hacer es velar para que estén al servicio de la humanidad y no se vuelvan en su contra. Pasa un poco por la responsabilidad que cada uno tiene en su accionar profesional. Por eso la educación ha sido algo que a mí me interesa trabajar y que hemos incentivado mucho desde el Consejo Consultivo. Hace poco hicimos una actividad piloto en nuestra universidad: “Química para la Paz” donde vinieron expertos internacionales de la organización. La búsqueda es que estos resultados sirvan de base para actividades en el resto del mundo. Siempre pensando que la educación tiene que ser la clave para evitar el resurgimiento de las armas químicas. En estas facultades hay también una decisión institucional acerca de que al profesional no solo se lo tiene que formar en las cuestiones disciplinares, que no me cabe duda de que en esta institución es excelente, sino que también hay que formarlos en cuanto a cuestiones éticas y de responsabilidad profesional. Que todo el conocimiento que los alumnos adquieran lo utilicen siempre en beneficio de la humanidad. Y no me refiero solo al tema de las armas químicas. La química también está muy relacionada con los temas de contaminación. Somos nosotros los que tenemos que generar nuevas metodologías para encontrar procesos químicos que sean compatibles con el medio ambiente y la salud humana.

¿Cuál era tu opinión sobre estos premios antes de que la OPAC fuera galardonada?

— Pienso que suele suceder que uno no sabe cuáles son los motivos internos por los que el comité del Nóbel decide darle el premio, sobre todo el de la Paz, a una determinada persona o institución y no elegir a otras. A veces desde afuera se opina mucho pero creo que sin demasiada responsabilidad. Yo estoy en la organización desde el 2009. Ver todo lo que se hace allí y la implicancia que tiene me hizo saber hace tiempo que la organización era merecedora de un premio como este. Lamentablemente los hechos terribles sucedidos en Siria pusieron de manifiesto lo que uno siempre ha supuesto: lo terrorífico que iba a ser que alguien llegara a usar este tipo de armas.

¿Es difícil conjugar la vida familiar y tu desempeño como investigadora?

— Es día a día que una va resolviendo las cuestiones. En mi caso particular, estoy casada y tengo tres niñas adolescentes: Mariana (17) Camila (14) y Florencia (12). Si bien ya son un poco más grandes, necesitan mucho de la presencia de mamá y de papá en casa. Yo trato que mi rol como investigadora y docente no afecte el rol de madre que tengo como prioritario. Pero creo que sobre todo este último año el tener que viajar tanto lógicamente hace que todo se resienta un poco. Mi esposo me ayuda mucho. También colabora muchísimo tener skype y facebook que permiten conectarme con ellos estando afuera y solucionar algunas cuestiones. A veces hasta hacemos deberes mediante Internet. Y eso hace que yo me sienta muy cerca de ellos y ellos muy cerca de mí a pesar de la distancia. También mis compañeros de trabajo aportan porque algunas tareas, cuando yo no estoy, las tienen que hacer ellos. Yo creo que es todo un sistema: una para estas cuestiones no está sola. Además no puedo dejar de agradecer la formación profesional que tengo, que me permite estar en este momento en la organización. Por eso creo que el mérito es de todos: de la familia, de los compañeros de trabajo…una no es aislada.