Un recorrido por la vida y obra de la escritora rosarina “por adopción” Angélica Gorodischer, quien nos abrió la puerta de su estudio y nos contó su historia.

 Por Rosario Spina.

Angélica Gorodischer

El rojo del hilo muerde la trama para ir hacia el otro lado y volver a salir a pocos milímetros. Podría haber elegido punto cadena o punto cruz. Lo sabe por su juventud aplicadísima de mujer educada en las labores femeninas. Cada puntada es certera. Mientras cose revisa las líneas. Acaricia con el dedo la figura que va formando y repasa mentalmente el discurso que ayer escuchó de la boca de ese hombre fascinante. Pero al primer ruido sospechoso esconde las iniciales inconclusas.

Tiene todo decidido desde la noche anterior. Se casará con el Goro, un estudiante de arquitectura y militante en la facultad.

Su familia todavía no lo sabe.

Aunque meses después tomarán un micro juntos para huir hacia Buenos Aires, el Goro aún tampoco.

***

Mucho antes de apellidarse Gorodischer, antes de conocer a Goro y de llegar a los siete años decidida a ser escritora, Angélica nació un 28 de julio de 1928, accidentalmente en Buenos Aires. A los pocos años su familia se trasladó a Rosario.

Angélica recuerda una infancia solitaria, triste. Con una familia rígida, que no la dejaba juntarse con nadie que no fuera de su “clase”:

—Yo tengo —como todo el mundo— a los abuelos inmigrantes detrás: tengo unos abuelos pobres que vinieron de las montañas de Aragón con nada, recién casados y con una valijita de cartón. Y tengo a los abuelos del otro lado que eran muy nariz para arriba, distinguidos, profesionales. Mi familia era muy estricta en el cuidado de la nena. Yo no podía tener amigas a menos que fueran las hijas de las amigas de mi mamá, que generalmente eran unas pelotudas totales. O al menos así me lo parecían…

Angélica no pudo elegir sus primeras amistades. Al principio tampoco pudo elegir sus compañeras de curso, porque no había compañeras y porque no iba a la escuela: una maestra particular le daba clases en su casa. Hasta que un médico dijo no. Y aconsejó severamente que la enviaran a la escuela con los chicos de su edad.

Igual no fue fácil. Pero estaba esa furia acechando ya en sus primeros años. El deseo de simulacro, de ficción. Una furia hecha de páginas, de letras entramadas.

— Lo que me salvó a mí fueron los libros, porque en casa había muchos y yo a los cinco años aprendí a leer, que fue la transformación de mi vida. Cuando lo hice, estuvo todo dicho. A los siete años decidí que iba a ser escritora. Porque eso era lo que yo quería. Escribir.

***

Y así fue. Hoy Angélica logra atravesar con su obra diferentes géneros que inician en la ciencia ficción y pasan por lo fantástico, lo policial y lo político, surcada por una ideología feminista y persiguiendo un objetivo apasionado: intranquilizar lo cotidiano. Esto mismo describe Graciela Aletta de Sylvas en su ensayo La narrativa de Angélica Gorodischer. De ese modo, logra dar con un lenguaje sencillo para parir una prosa explosiva. Como si hubiera descubierto la forma adecuada de dinamitar el germen de cada palabra pulsando elementos a simple vista inofensivos. Y de eso nace su literatura. Un acto de resistencia en cada texto: mujeres hartas de su vida que huyen. Mujeres hartas de su vida que matan. Hombres y mujeres desbaratando la realidad. Cubiertos de un velo manso que en cualquier momento podría desencadenar un torbellino de sentidos desestabilizantes.

Nunca. Nunca la furia fue tan buena hecha palabra.

El origen del origen

En “Los primeros principios” Liliana Heker relata que las fisuras de la realidad, los simulacros, fueron para ella el inicio de sus historias, el origen del origen.  Quizá haya sucedido lo mismo en Angélica, quien cuenta que hoy puede mentir impunemente y que todo lo aprendió acorralada en su infancia. Rodeada de libros, de historias nacidas de los primeros autores a los que leyó, de la pintura y del cine — ¿otros simulacros? — todo fue su escape y su regreso. La huida que da lugar al encuentro. Y como en el perfecto esquema de un cuento clásico, en su vida también todo el tiempo pasan cosas.

Y luego hubo que elegir: el simulacro o la falta.

Y el simulacro —ese deseo que acorrala— luce siempre tan  apetente:

— Cuando llegué a la adolescencia fue peor que de chica: tenían que tener más cuidado conmigo. Hasta que aprendí rápidamente a mentir. Hoy en día puedo hacerlo con una tranquilidad…puedo engañar a cualquiera. Porque era lo único que me salvaba. A una cuadra de mi casa estaba el cine Broadway y los martes daban el continuado francés. Mi mamá opinaba, vaya a saber por qué, que las películas francesas no eran para niñas. Entonces por supuesto que yo tenía absolutamente prohibido ir. Y por supuesto que entonces, los martes, yo siempre tenía algo que hacer en la biblioteca del colegio. La cuestión es que me vi todo el cine francés. Qué maravilla. Todavía recuerdo películas de esa época. Y como eso mil cosas: los noviecitos que tenía, si se hubieran enterado se habrían muerto de un infarto. Pero bueno, una aprendió a sobrevivir.

Más técnicas de supervivencia

La reunión de intercentros era a la noche pero Angélica decidió ir igual porque quedaba cerca de su casa. Aunque no era fácil convencer a sus padres de salir a esa hora, no podían decir nada porque la nena estaba haciendo una carrera: —Se la tragaban. Como la nena estudiaba — dice Angélica honda, de recuerdo.

Pero la reunión no empezaba porque faltaba alguien: —Estaban esperando a Gorodischer. Y yo decía: este pelotudo que no viene, que se hace tarde, qué se creerá. Y de repente llegó. Yo lo miré y dije: por esto tanto lío. Cinco minutos después el tipo, con una labia que todavía hoy tiene, empezó a hablar y yo dije ah, no, momentito. Y comencé a mirarlo con otros ojos.

De manera que decidí que yo me iba a enamorar de él. Ése era el tipo de mi vida.

No hubo dudas. Al día siguiente compró todo. Y empezó a bordar toallas con las iniciales de él y las suyas.  Luego hubo que echar mano a la ayuda de una amiga que invitaba a Goro a su casa para hacerles “pata”. Y tuvo que proponerles la idea a sus padres, quienes dijeron jamás.

— Cuando decidimos casarnos por supuesto que hubo una resistencia total de la familia de él y de la mía. Porque yo era muy fina y distinguida y Goro era un muchacho judío, pobre, desconocido y todo el mundo se desmayaba de horror. Pero yo ya era mayor de edad y dije tomá. Tenía 21, 22 años. Y aunque seguí insistiendo, en mi casa dijeron jamás. Luego me enteré que mi viejo había decidido que me iban a secuestrar y me iban a mandar a Bariloche de una tía para que me olvidara del muchacho. Entonces fui y le dije a Goro: Acá, o decidimos, o chau. Y nos fuimos a Buenos Aires. Y ahí nos casamos.

Jamás. Así dijeron. Un solo signo perturbando el curso de los hechos. La piedra en el estanque. Sin eso, no hubiera hecho falta el intento de llevarla a la fuerza a Bariloche, la huida, el micro y el casamiento lejos de la familia. Pero alguien en su casa – quizá su padre, quizá su madre – pronunció esa palabra. Y de ahí en más, el conflicto estaba en pie. Y los roles — protagonistas, antagonistas — asignados.

— A mis viejos casi les dio un ataque. Mandaron a una tía para que me dijera que volviera, que las cosas iban a ser distintas. Yo le dije: sí, deciles que vuelvo. Casada.

***

Hoy en día Angélica continua haciendo lo que toda su vida peleó furiosamente por hacer. — Si uno quiere escribir debe plantearse que tiene que ser una profesional. Como decía Noel Coward: “Odio a esos escritores que sólo pueden escribir cuando llueve”.

Pero hubo un momento de su vida en que hacerlo fue muy duro. Tres hijos chicos. Una casa. Un marido. Y un trabajo afuera.

¿Y entonces, cuando escribías?

— Tenía que esperar que mi marido se fuera, llevaba a los chicos a la escuela, y escribía tres horas a la mañana. A la tarde trabajaba como bibliotecaria. A la noche me acostaba, me despertaba a las tres de la mañana y escribía porque todos dormían. Fue una época trágica pero escribí siete libros. Había que escribir y había que escribir. Ahí no hay tutía.

La furia. Que no es más que la pasión con otro nombre. Y el método, que no es sino la forma de disponer al deseo. De todo eso: la literatura. El encanto supremo.

Angélica organizó su vida metódicamente —técnicas de buena bibliotecaria— para intranquilizar con sus relatos. Y ahora toda esa furia —pero siempre toda esa furia— estuvo puesta en su obra. Y nunca, pero nunca, la furia —la pasión— y el método resultaron tan vitales, tan efectivos.

¿Y  hoy en día?

— Hoy soy una bacana. Escribo cuando puedo porque mi marido se jubiló y ahora está en casa. Y aunque él está dedicado a un montón de cosas, lee mucho, hubo que hacerle lugar en las bibliotecas…pero de vez en cuando los maridos son un incordio — y ensaya, con una voz leve — Nena, ¿me hacés un cafecito?