Para ser locutora se necesita una voz. No es necesario, por supuesto, un buen humor genuino, o una espontaneidad confortable. Mucho menos una mirada, una sonrisa cálida. Pero Mirta Andrin no es simplemente una locutora. Por eso tiene una voz candente, límpida. Y también ­— virtuosa, humildemente — todo lo demás.

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“Era una mujer de brazos fuertes y expresión juguetona, tenía una risa clara y contagiosa que supo soltar siempre en el momento adecuado”

La risa. Su arma cargada de futuro.

Mirta me espera muy temprano en el canal para entrevistarla pero el día amanece con una tormenta feroz. Y llama. El entrevistado preocupándose por el entrevistador. Hay tormenta y prefiere avisar que a ella no le importaría dejar la nota para otro día.

— Como quieras, pero yo pensaba, vas a venir hasta acá con esta lluvia…

La entrevista se hace igual. Nunca mejor arma que la buena vibra. El buen corazón. A pesar del cielo partiéndose en pedazos.

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Desconozco si Mirta leyó alguna vez a Ángeles Mastretta. Posiblemente, con el relato de la tía Ofelia debería sentirse identificada:

“Apenas había luz para todos, ella se levantaba, se ponía la risa, se acomodaba el brillo en las pestañas, y salía a encontrar a los demás como si los pesares la hicieran flotar.”

Porque claro, pesares, mochilas, todos cargamos. Inevitablemente.

—Yo siempre trabajé de mañana, es un horario que me encanta. A veces se ríen porque digo que cuando me despierto, mil duendes despiertan conmigo. Es un momento maravilloso del día porque creo que es una posibilidad más, una esperanza más. La oportunidad de revertir algo que ayer hicimos mal, de restablecer una relación que parecía perdida, de mejorar. Pero no le he dado desayunos a mi hijo. Y ésa es la mochila de culpa. Siempre le decía a Nacho Suriani: “Callate, que te he dado más desayunos a vos que a mi hijo”. Y ahí está eso de poner en palabras algo que una siempre llevó dentro, esa sensación de culpa.

Los pesares, los dolores. Pero la mujer y la voz siguen. Avanzan. Y, al igual que en el cuento de Borges, la mujer se parece a la voz. Y mucho.

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El 13 de mayo de 2011 Mirta Andrin fue reconocida por el Concejo de nuestra ciudad como Locutora Distinguida. Un premio que también han recibido locutoras de la talla de Pili Ponce y Gladys Haydeé.

— Me costó una sesión de psicólogo porque no quería ir. Yo decía: Hay tanta gente importante ¿qué hago yo acá? Pero ya me habían llamado el año anterior y les había dicho que no. Después, finalmente pasé un momento maravilloso: el afecto de los colegas, el reconocimiento de los jóvenes, de verdad me emocionó muchísimo. Y la gente, que te quiere, te defiende. Ésa es la magia. Si no está el oyente, no hay milagro. La radio nace y muere con el oyente. ¿Qué haríamos nosotros hablando solos acá si del otro lado no hubiese alguien que prestara orejas? Así que es ésa, una de las cosas maravillosas que tiene esta profesión: la devolución de tu trabajo en afecto, que siempre es superior a lo que das.

La magia. La certeza de que no vemos pero está. De que oímos pero no vemos.

La magia, otra pieza indispensable de las voces en la radio. Das voz, recibís afecto. Una ecuación perfecta.

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Era lo peor que podía escuchar. Por eso, a sus siete u ocho años, la premisa se traducía en aguantar cada bruta patada o pelotazo cuando jugaba a los penales.

En su barrio de infancia, en San Nicolás, Mirta recuerda las inmensas calles de tierra, las arboledas, las siestas de correr mariposas.

—Pero no recuerdo una muñeca en mi infancia. Ni una. Era una infancia de juegos inventados. Una niñez maravillosa.

Por eso soportaba. Estoicamente. Y lo peor, pero lo peor que podían decirle, era eso:

Andá, mujercita.

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Mirta empezó a hacer lo que ahora sigue haciendo, casi cuando se despedía de su infancia. Su primer trabajo fue en LT24 Radio San Nicolás, cuando tenía 14 años y llegaba con guardapolvos a hacer una audición llamada “La hora del té”. Después la convocaron para ser locutora. Estudiaba e iba a rendir a Buenos Aires. Y cuando tuvo 23 años y mucho valor llegó a Rosario convocada por alguien que pasaba por San Nicolás, casualmente.

—La verdad, he sido una mujer de mucha suerte. Rosario me trató de maravillas. Y esta empresa, en la que hace 35 años trabajo, me ha dado la posibilidad de desarrollarme en todo: en el noticiero a la noche, al mediodía, haciendo televisión en la cabina del canal, en FM, en AM. Y actualmente soy Jefa de Locutores. No me ha sido difícil y debo reconocerlo.

Mirta llegó, como se llega a veces al destino de cada uno, de pura casualidad. Por una prestidigitación caprichosa del azar. Y es una mujer agradecida. Que se pone cada mañana, muy temprano, el brillo en las pestañas y sale a honrar ese lugar.

Por Rosario Spina.