Enfocarse en lo positivo. Porque la verdadera discapacidad, asegura Pilar, está en los pensamientos. Y la clave está en sentir que podemos. En pensarlo concientemente.

Pilar Mugica tiene 25 años, es Contadora y demuestra, por sobre lo que crean muchos, que la fuerza de voluntad vence cualquier tipo de discapacidad. Vence todo.

Y nos habla sobre la suya. Nos cuenta que se dio al nacer, posiblemente por una demora en el parto, lo que habría generado falta de oxígeno que afectó su parte motriz y generó que tenga que desplazarse en sillas de ruedas.

“A pesar de eso pude hacer siempre una vida como todos. Hoy en día tengo 25 años, hace 3 que me recibí de contadora y trabajo desde ese momento. Tengo un grupo de amigas que me banca constantemente, con las que salgo los fines de semana y lo mejor es que siempre fue así en todas las etapas de mi vida. Estoy convencida de que es todo gracias a cómo me criaron mis viejos. Principalmente que ellos aceptaran mi discapacidad (que es de por vida) y de ahí que buscaran las maneras de ayudarme en lo que necesito pero nunca sobreprotegiéndome, siempre integrándome

 Junto con ALPI, Pilar organizó la maratón que se llevó a cabo el 3 de junio, en San Lorenzo. La iniciativa llegó bajo la fórmula “Correr las diferencias”

“Se nos ocurrió que sería una buena idea organizar una maratón a beneficio para, además de recaudar fondos, difundir el trabajo que hacen desde ALPI, resaltar la importancia de una institución que se mantiene por tanto tiempo y homenajear el trabajo de las mujeres que la llevan adelante sin recibir ningún rédito económico a cambio. Y  porque intentar participar de un maratón o caminata nos compromete individualmente a luchar contra el sillón, contra el mañana empiezo, contra el hoy no puedo…y muchas cosas de las que somos tan creativos a la hora de encontrar excusas para no empezar”

Pero ésta no fue su primera experiencia. Un gran desafío anterior consistió en subir el Cerro Champaquí. En esa época Pilar cursaba el secundario y logró llegar a 2.790 mts del nivel del mar junto a sus compañeros de curso y gracias a una silla con palos y tiras que le diseñó su abuelo para la ocasión.

Y como broche, el año pasado escaló el Volcán Lanín y llegó hasta el refugio, a 2.300 metros, junto a una ONG llamada Puentes de Luz, de la que nos cuenta:

“Me da una satisfacción enorme poder llegar tan lejos. Soy conciente que si no hubiera recibido la ayuda que tuve para subir nunca podría haber llegado. Yo me animé a hacerlo y puse todo mi esfuerzo y el mejor humor. Pero el mayor trabajo lo hizo la gente que me ayudó, y esto me enseña a confiar en la gente, a que dejándose ayudar uno puede llegar mucho más lejos que con una actitud orgullosa o egoísta. Que juntos en grupo se puede más que solos, porque en la montaña al igual que en la vida todos necesitamos ayuda en algún momento, y lo importante es llegar todos. Hay momentos en los que es mucho el esfuerzo y hay que seguir igual, pero la recompensa es muy grande, nos deja un sabor incomparable y casi indescriptible de haber logrado un poco de cielo en un lugar del corazón.”

Por Rosario Spina