Para Cecilia, el recuerdo de Débora está tejido de preguntas. En una trama apretada se cruzan el dolor, la tristeza, la indignación, la bronca y hasta la culpa. Hace un año que no tiene más que interrogantes en la cabeza. El 6 de agosto de 2013 perdió a su amiga más entrañable en la tragedia de calle Salta y desde entonces todos son porqués (…)

Por Lucía Lalli.

Débora Gianángelo

Para Cecilia, el recuerdo de Débora está tejido de preguntas. En una trama apretada se cruzan el dolor, la tristeza, la indignación, la bronca y hasta la culpa. Hace un año que no tiene más que interrogantes en la cabeza. El 6 de agosto de 2013 perdió a su amiga más entrañable en la tragedia de calle Salta y desde entonces todos son porqués.

En su casa, las fotos de Deby tienen protagonismo absoluto. No evita recordarla ni un segundo, todo lo contrario. Siente que cada vez que la nombra la trae al presente, y tiene claro que no olvidarla se ha constituido en su misión más importante. Tal vez sea esa una forma astuta de sumarle minutos a la historia de las dos que terminó tan rápido. Cecilia y Débora se conocieron en la mesa de examen de la materia que más les costaba a las dos, el mismo año que la tragedia las separó (o las unió para siempre). “Apenas le dije ´Hola´, sentí que la conocía de toda la vida”, dice, mientras se le pierde la mirada reviviendo interiormente aquél instante.

Con anécdotas muy simples, Ceci se las ingenia para pintar a su amiga en su mejor versión. Se deshace buscando los adjetivos para calificarla, y ese esfuerzo ya permite imaginar lo importante que fue para ella.

Además de la futura profesión, relata, a ambas las unía el placer de remolonear un rato más de lo planificado cada mañana. Por eso, cuando quedaban en reunirse temprano, sabían que ninguna de las dos sería puntual.

………….

La noche del lunes 5 de agosto es helada. Débora y Cecilia chatean por Facebook desde la comodidad de sus hogares. Por primera vez desde que se conocen, Deby invita a su amiga para ir al día siguiente a su departamento e intentar deshacerse juntas de esa especie de karma que es “Obligaciones”. Pese a que les gusta siempre dormir un poquito más, se dan cita a las 9 de la mañana en Salta 2141.

Unos minutos después, Deby se acuerda que el martes irán a arreglar el regulador del gas en su edificio y piensa que sentarse a estudiar temprano sin siquiera mediar un mate no es buena idea, así que prefiere cancelar el encuentro. Ceci acepta el cambio de planes, aunque advierte: “Nos juntamos el miércoles sin excusas”.

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Lo cuenta y no llora. Cecilia tiene cintura suficiente para retener las lágrimas si es necesario. Cuando habla de Deby, lo hace con alegría. Cuando entiende lo que pasó, se desahoga en algunos suspiros.

Desde hace un año, se desgasta pensando alternativas para esa noche. Podría haberla invitado a su casa, podría haberla invitado al departamento de su novio, e incluso llega a pensar que ella podría haber ido igual, aunque no hubieran mates de por medio y aunque hubiera sido impuntual una vez más: “Yo tendría que haber estado ahí. Mi familia tendría que estar hoy reclamando justicia por mí con una pancarta con mi foto”.

Pero Deby la salvó, y esa idea la consuela.

Elige creer que todas esas alternativas no tenían lugar en el plan, porque Deby tenía que salvarla.

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Faltan muy pocos minutos para las 10 de la mañana del martes 6 y Cecilia comienza a atravesar el trance más doloroso de su corta vida. Está parada frente a un edificio en llamas y en la mano sostiene el celular. Ruega que su amiga conteste el mensaje que le mandó para saber si estaba bien.

Desde esa misma ubicación, Ceci sella la resistencia. Se clava en esa esquina. Y aunque no comprende del todo lo que sucede, sabe que ahora ahí está su lugar. Entonces, busca una foto de Deby y encara la búsqueda por todos los hospitales, con la secreta esperanza de que el destino haya puesto a su amiga en otro sitio.

Cuando sale de la burbuja, flaquea. Pero ahí adentro, la historia es otra. Salta y Oroño es un mundo aparte, y ahí conserva la esperanza de que su amiga “esté debajo de los escombros, respirando, esperando que lleguen a ella”.

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Todo lo que vino después lo resume como el momento más horrible de su vida, el que la preparó para lo peor. La madrugada del viernes siguiente a la explosión, encontraron a Débora ya sin vida y Cecilia solo entendió esa tragedia cuando vio el nombre de su amiga en la puerta de una sala velatoria. Desde entonces, la llora por dentro para siempre. Lo cuenta y se le mezcla todo. La ahoga la pena de no tenerla más. La desgarra el sufrimiento de la familia de Deby y siente una enorme bronca porque cree que todo pudo evitarse: “A mi amiga me la mataron con 20 años, con una vida por delante. Le mataron los sueños y los deseos. ¿Cómo duermen los asesinos?”. Igual que el dolor, la indignación la carcome. Lo desea profundamente, pero tiene también el secreto temor de que nadie haga justicia.

Cecilia siente que vivió dos veces: antes y después de Débora. Un día le tocó decidir en cuál de los dos tiempos iba a quedarse. Pudo ser en aquél primer existir, triste y ausente. Pero, aunque le mortifique pensar en todo lo que vendrá sin tener a su amiga al lado, elige poner sus fichas al presente, que también es triste y doloroso, pero que está sembrado de esperanza.

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Cuando converso con Ceci acerca de su tragedia personal, faltan pocos días para que se cumpla un año de la tragedia de calle Salta. La cuenta regresiva para el aniversario le duele el doble. El tiempo solo le agiganta el recuerdo. Cuando llegan estos días, Cecilia solo puede preguntarse repetidamente “¿Qué habrá hecho hoy Deby? ¿Habrá disfrutado de la vida?” Ceci tiene un solo deseo: “Que ese día Deby haya sido feliz”.

 

En memoria de Débora Gianángelo y de las otras 21 víctimas fatales de la explosión de Salta 2141. Para que sea JUSTICIA.