¿Qué sería de nosotros si nos animáramos a ser lo que realmente queremos? ¿Cómo seríamos?

Catalina nació sin definiciones, con todo por hacer, con todo por ser. Nada de lo que nació con ella la condicionó. Vino a la vida para darse forma a sí misma. A Catalina la define lo que desea…Catalina quiere ser.

Por Lucía Lalli.

Catalina Barazzuol

Desde muy chiquita, entendió que el cuerpo que le daba forma a su presencia en este mundo no era el correcto. No lo asumió nunca como una verdad irrefutable, sino más bien como un desliz de la naturaleza.

“Desde siempre me comporté como una chica. Cuando tenía 4 años comencé a pensar si existiría en un futuro alguna cirugía para que mi cuerpo me devolviera lo que yo sentía. Jamás me sentí un varón.

Sufría mucho al verme al espejo todos los días, al tener que bañarme, cambiarme y relacionarme con las personas, al no poder estar íntimamente con alguien siendo como yo me siento. Me encerré mucho. A la hora de salir con un chico buscaba excusas y cuando veía que me pasaban cosas y que se podía dar algo más íntimo me alejaba”, relata Catalina. No estaba dispuesta a negociar un ápice de lo que sentía; sus relaciones con el mundo serían siempre como mujer (costara lo que costara).

Como en Hansel y Gretel, fue esparciendo miguitas para marcar el camino. Pero lo hizo en sentido inverso: no para recordar de dónde venía si no para ir sembrando el futuro que ella deseaba con absoluta claridad.

“Un día me levanté llorando y le dije a mi mamá que había soñado que me festejaban mi fiesta de 15 y que bailaba el vals con mi papá. En ese entonces tenía 14 años. Mi mamá me dijo que si ese era mi sueño, ella me lo iba a cumplir. Entonces, tiramos toda la ropa de varón y fuimos a comprar ropa de mujer; y así, de un día para otro, empecé a ser Catalina. Creo que esa fue la etapa más difícil: por un lado estaba feliz por cumplir el sueño de vestirme de mujer y por el otro me sentía horrible.

Hablamos con toda la familia y al comienzo a algunos les costó, pero entendieron que yo siempre fui una mujer y que era feliz siéndolo. Gracias a Dios conté y cuento con el apoyo de mis padres, de mis cuatro hermanos y de toda mi familia”.

La mamá de Catalina se transformó en una suerte de caudillo de su revolución, en una embajadora de su voluntad, abocada a allanar el camino de esta hija adolescente que estaba redefiniendo todos sus vínculos desde un nuevo lugar, caminando a veces por terrenos contaminados de prejuicios y discriminación.

“Mi niñez y mi adolescencia fueron feas. Además de estar en un cuerpo al que no sentía mío, sufrí mucha discriminación, tanto de hombres como de mujeres. Me cargaron mucho, me gritaban, me insultaban, en varias ocasiones me pegaron y una vez, en la escuela primaria, hasta llegaron a encerrarme en un armario, ¡era una tortura ir a la escuela! En la calle también me agredían, hasta llegaron a tirarme con piedras. Cuando era chica les hacía frente y no me importaba nada. Pero con los años, después de tanta denigración y maltrato, me fui haciendo más perfil bajo, hacía como que nada pasaba y que no existían, pero en el fondo estaba destruida”.

Con su cambio voluntario de nombre y la decisión de vestirse como mujer, Catalina dio un gran paso hacia su transformación definitiva en el interior de su casa, una suerte de base operativa en donde se sentía segura y protegida para delinear el cambio y la resistencia. Y, como era de esperar en alguien que no sabe de zonas de confort, llevaría esa transformación también puertas afuera, en una sociedad que ostenta un discurso de lo más políticamente correcto y destila desprecio por lo diferente, por lo que no es normal.

“En compañía de la Asociación Civil Vox y del Área de la Diversidad Sexual fuimos junto con mi mamá a plantear en la escuela mi situación para que me permitieran asistir como una alumna más. ¡Se armó una revolución tremenda! Aunque, si bien había opiniones en contra como a favor mío, por suerte me encontré con personas muy humanas que me ayudaron mucho dentro de la institución.

Terminé y transité la  secundaria como una alumna más, con las mejores notas, ¡y hasta estando en la Bandera! A pesar de que por algunas razones no siempre la pasé bien, mis mejores años y logros los tuve ahí adentro”.

En septiembre de este año, Catalina se convirtió en la primera persona en recibir una operación de reasignación de sexo en la provincia de Santa Fe, que se concretó en el Hospital Centenario de Rosario. Fue la mejor noticia que recibió. “¡Me lloré la vida!”, dice. Es que el camino no le ha resultado para nada sencillo…

“Como decía, desde que era una niña pensaba en la cirugía. Siempre estuvieron el deseo y la necesidad, y con los años se fueron haciendo más fuertes. A los 14 años inicié un juicio para poder operarme y obtener mi DNI femenino, pero no me fue bien. En ese entonces no estaba vigente la Ley de Identidad de Género y era todo mucho más complicado; recién tuve mi DNI en el año 2011.

A todo esto, yo seguía averiguando en distintos lugares para operarme. Viajé a Buenos Aires, al hospital Eva Perón, pero no se dio. Cuando volví, desanimada, mi médico Claudio Bertone, que me atiende en el CEMAR, me dijo que existía la posibilidad de que algún día la operación se realizara acá, en Rosario. Yo quería ser la primera en hacerlo y estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuera necesario.

En el transcurso de los años me sometí a distintos tratamiento y cirugías. La última había sido abril de este año, cuando me practicaron una orquiectomía bilateral.

En agosto, mi doctor me llama y me pregunta si podía pasar por su consultorio. Entonces, me comenta que  iba a venir en septiembre el Dr. Guillermo MacMillan, un prestigioso cirujano especialista en reasignación de sexo, y que me iba a operar el 26 de septiembre. No podía parar de llorar de la emoción. Eran dos sueños cumplidos: poder operarme en mi ciudad y que se con el Dr. MacMillan, porque conocía su trabajo”. Y así fue.

Lo mejor de la historia de Catalina es que la escribió ella. Y, como nos pasa a todos cuando nos animamos a tener un acto de autenticidad, ella se siente satisfecha de haber sido quien quería ser desde que tiene conciencia. “Si me dieran a elegir entre nacer biológicamente como una mujer o nacer transexual, sin pensarlo volvería a pasar por todo eso, porque estoy orgullosa de la vida que tengo y de lo que soy”, dice.

No necesitó enemistarse con la naturaleza. Le dio a su cuerpo lo que le faltaba, pero no dejó nunca de quererlo como era. Catalina quiso ser mujer, y lo consiguió. Ahora la definen otros sueños.

“Jamás fui tan feliz en mi vida como lo soy hoy. No tengo palabras para describirlo, me la paso llorando de la emoción. Estoy atravesando un post-operatorio hermoso, me siento plena, me siento yo. Ya no tengo más dolor en mi corazón, me encanta mirarme al espejo, me puedo poner la ropa que yo quiera y sentirme cómoda y no hacerme la cabeza con tonterías. No siento vergüenza de tener que hablar en público ni a la hora de relacionarme con la gente. ¡Ahora comienzo a vivir en un sueño constante!”.

¿Cuánto nos parecemos a lo que queremos ser? ¿Qué sería de nosotros si nos animáramos a ser lo que realmente queremos? ¿Cómo seríamos? Tal vez seríamos más felices, como Catalina.