Hoy se trata en la Comisión de Legislación de Diputados el proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.
Cuando tenía 17 años, me pasaron un video en la escuela. Así me enseñaron (como casi todo lo que me enseñaron ahí) que abortar era licuar a alguien indefenso y que aquella persona que lo hacía era una desamorada…
Por Rosana Guardalá.
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Hoy se trata en la Comisión de Legislación de Diputados el proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Cuando tenía 17 años, me pasaron un video en la escuela. Así me enseñaron (como casi todo lo que me enseñaron ahí) que abortar era licuar a alguien indefenso y que aquella persona que lo hacía era una desamorada. Interrumpir un embarazo era un acto total de inhumanidad en el que el egoísmo mandaba: “No importa el otro como persona”, decía mi profe.

Ya siendo más grande, me animé a preguntarme qué haría yo si tuviera un embarazo no deseado. Lo haría. Interrumpiría el embarazo. Y con esto no quiero decir que esté en contra de la vida como livianamente lo leen algunas personas. Muy por el contrario. El punto fue que entendí. Entendí que no era una asesina quien lo hacía. Entendí también que el deseo es parte constitutivo de la vida humana y quien no quiere tener un hijo, no tiene razón alguna para tenerlo. Entendí que el mandato social que se “funda” en la naturaleza es construcción y por lo tanto, debe ser una elección ser madre y no una imposición. Entendí, con dolor, que mientras la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo no salga, morirán las que menos tienen. Siempre.