Fue una noche de Septiembre en una cena entre amigas en crisis… así empezábamos a viajar.  Asia 2015 empezaba a tomar forma y color. Tres días después de esa comida teníamos nuestros tickets de avión en la mano. Parecía no llegar nunca la fecha hasta que un día nos levantamos y partimos a Ezeiza para empezar la aventura.

Por Maria Julia Solovitas y Soledad Soria.

asia

Fueron varios destinos. Todos muy distintos y muy parecidos a la vez. Olores y sabores similares. Altares a Buda en casi todas las calles que íbamos recorriendo. Una mezcla de grandes malls con pequeñas tiendas que se levantaban por doquier vendiendo desde artesanías y ropa, hasta especias y animales.

Y a cada paso un calor agobiante, desesperante, entremezclado con ruido de bocinas, gritos agudos de los vendedores ambulantes y ladridos, y contaminación y todo, todo lo que se pueda pensar condensado en pequeñas o grandes ciudades. Caminatas por templos y cascos históricos que comenzaban con el alba para que el mediodía no nos agarrara de lleno en medio de la aventura. Y cervezas calientes al caer la tarde en cualquier barcito de las Pub Street o Night Market.

Y entre todo lo que nos maravilló, entre las aguas transparentes y las calles de tierra estaban “ Ellas”: las mujeres. …. Mujeres que caminan despacio, que cocinan en cacharros en todas las calles de las ciudades. Ellas que condimentan la vida con un millar de especias. Especias que a los occidentales nos pueden costar un terrible dolor de panza, pero que ellas saben combinar como nadie. Mujeres que no tienen prioridades, a las que nadie les cede el paso, a las que nadie les abre una puerta para dejarlas pasar, mujeres sin derechos… o con “ otros” derechos. Mujeres de mucha ropa… no importa donde estén o el calor agobiante que azote la ciudad…. en pleno centro o en playas paradisíacas, ellas se ocultan.

Ellas, detestan broncearse, porque de hacerlo, no sería bien visto por los hombres. Se tapan manos, pies, cabeza, ojos…no dejan que ningún rayo de sol tenga la osadía de posarse sobre esas pieles tersas, blancas, lisas, de porcelana. Mujeres que levantan casas y edificios, labran la tierra, vagan por la ciudad vendiendo cualquier cosa que pueda interesarle a los turistas. Mujeres que manejan botes, limpian calles, cuidan hijos y animales.

Mujeres en igualdad de condiciones solamente en lo que a trabajo duro se refiere. Mujeres mercancía en Tailandia, mujeres mulas en Camboya, mujeres camaradas en Viet Nam, mujeres puertas adentro en Dubái. Y nosotras, mujeres también, viajando solas en tierras extrañas, observadas y observando, juzgadas y juzgando, enfrentando lo desconocido con temor y curiosidad, en busca de respuestas de aprendizajes y sabiduría.

Reconocerse como mujer en Asia, fue un lugar/experiencia particular.

Asia nos cambió, nos mejoró seguramente. Nos devolvió más arraigadas a nuestras costumbres y creencias pero también nos dejó un sello imborrable: y es que por primera vez, estas viajeras cambiaron cien por cien de costumbres, sabores, olores, tiempo. Vivimos 24 horas de día y otras 24 horas de noche, el jet lag más molesto que jamás hayamos experimentado. Y acá sentadas y aún con la piel marcada por quemaduras, bronceados e insectos, nos miramos y nos damos cuenta de que “ el viaje continua” … o el viaje comienza una vez más, cuando se esta de regreso.