Por Daniela Palomino.

A veces trato de no ver mi mente durante unas horas, las extiendo como elásticos, a las horas de los días. Entonces, cuando me vuelvo a encender trato de hacer un repaso rápido por lo que hubo o se dijo durante ese tiempo ausente o distraída. Lo más rápido posible si es que no veo nada agradable de manera sorpresiva. Sino no me esfuerzo mucho, es decir no retrocedo demasiado. Y me quedo en “encendido” un rato, a veces un rato más. Y luego me vuelvo a ir.

Y entonces amanece y se hace de noche enseguida, el alma siempre expira, expira de palabras y de voluntad. Es aterciopelado el cielo y las estrellas púrpuras.

Luego nos iremos, en los remansos remolinos de tu cabeza me acostaré a dormir y harás tronar mis ojos.

Y así es como el ruido empieza a nadar en la mente de uno.

Y me quedo suspendida, atrapada en millones de lucecitas tenues y amarillas, verdes y desnudas. Caen las personas a través de mi pelo, cae sedosa y primitiva la idea, cae por el cuerpo a las manos, al espacio. Y existe así un puñado de belleza dentro de mi ser, cuando trato de no ver mi mente en algunos momentos del día.