Se dicen de mí ¡tantas cosas y a la vez nada! Nada realmente sobre nosotras…

Una de las encrucijadas filosóficas más complejas surge al pensar la propia existencia, ¡y ni hablar desde allí si intentamos pensarnos las mujeres!

Por Florencia Chabrillión.

se dice de mi

La historia de la filosofía, desde sus inicios, ha dedicado amplios debates en torno al “ser humano”, sin embargo, en la antigüedad la noción de sujeto no existía. Los presocráticos, según el propio Aristóteles, no tenían una imagen de sí mismos apartados de la naturaleza, ellos eran parte del cosmos donde la “madre tierra” era y proveía todo. Existía una comunidad fraternal entre el mundo y “los hombres”, en donde en tanto hermanos cuidaban y habitaban su morada. ¿Y las mujeres?, ¿sólo existían como madres?, ¿ellas no eran capaces de pensar y contar su propia historia? Las respuestas son claramente vergonzosas si se analizan desde el presente, sin embargo muchos estereotipos aún funcionan repitiendo la fábula. “La historia de la filosofía”, totalmente gínope y androcéntrica, es uno de los principales dispositivos patriarcales donde las mujeres sólo existen como madres o como esclavas, como santas o como putas, nunca piensan, nunca hablan…

Cuenta “la historia universal del pensamiento” que fue Aristóteles quien describió y clasificó los distintos modos de vida jerárquicamente y desde ése momento se legitimó la violencia: “el hombre” claramente masculino, fue definido el ser superior por excelencia en la tierra. De allí en más la violencia simbólica instauró todo acto de conocimiento. El Logos, derribo al mito a través de “algunos” que sólo luego de miles de años, escapando a las ataduras medievales, encontraron en la modernidad el camino de la Razón para dominar.

Cuando Nietzsche dijo “Dios ha muerto”, en realidad se estaba viendo la peor cara del hombre, capaz de arrasar todo a su camino, el mundo quedó en sus manos y la ciencia pudo servirle a su antojo. Pero las luces de la razón se apagaron al alzarse las voces subyugadas y las feministas del siglo XX desenmascararon al hombre moderno. ¡Aquel conocedor universal, transparente y neutral fue una farsa! , siempre se trató de un hombre blanco, joven, propietario, heterosexual. Fueron las feministas las que mostraron lo político que atravesaba sus vidas privadas. Privadas de historia, de propiedad, pero no de lucha.

Pero… ¿cómo pensarse mujer? Si la ciencia como sostiene Foucault es aquello que estudia para conocer y dominar. Si su poder está en imponer una verdad: ¿Cómo escapar de los discursos que la dominan, limitan y sancionan? La mujer históricamente fue cosificada, imposibilitada de la plenitud del ser, siempre representada un escalón debajo de cualquier realidad posible. ¿Qué o quién es una mujer?

Foucault entendía al hombre como un sujeto constituido por las relaciones de la estructura, si de la misma manera se comprende a la mujer, estamos en problemas.

En primer lugar, nosotras, inmersas en una estructura patriarcal, fuimos siempre definidas por y para otrxs. Se necesita una epistemología que, posicionada desde la propia experiencia haga valer nuestra voz como legítima. En segundo lugar, estamos en problemas bajo aquella estructura. ¿Qué nos define a las mujeres? ¿Se puede realmente pensar algo que nos identifique fuera de los rasgos tradicionales de género que nos asigna la cultura patriarcal?

Si ser mujer es ser lo que se espera de las mujeres, siempre estaremos encerradas en otrxs. Mujer/madre, mujer/esposa, mujer/hija…la entrega se vuelve total y dejamos de ser nosotras mismas.

¿Qué nos dicen los objetos hechos para mujeres que no entran en ese grupo? Las brujas, las solteronas, las aburridas, las egoístas, o peor aún, no nos dicen absolutamente nada. Los productos de consumo no  apuntan a la individualidad de cada una como persona, habitar el mundo como mujer pareciese ser para otrxs o no ser. Porque la tintura para el pelo, el maquillaje, la dieta, la depilación, los buenos modales, la cantidad excesiva y diversa de ropa, la misma cantidad en zapatos, y todos los dispositivos generados para el consumo sólo sirven para que nos veamos bonitas para otrx, para que dejemos de ser nosotras, para que cambiemos…

Según sostiene Ana María Fernandez, “La mujer es una ilusión, una imagen producto del entrecruzamiento de mitos del imaginario social, ilusión pero de tal fuerza que produce realidad. Y ‘’la Mujer’’ es más real que “las mujeres”, hasta el punto que impide registrar la singularidad de cada una”. Atrapadas en el modelo, sólo nos queda observarnos como enemigas, como competidoras por la perfección, anhelando un ideal de mujer que ignora la individualidad de cada una enfrentándonos en el ring. Sin embargo allí, en el centro de cada mujer, muy cercenada, se encuentra la voluntad acallada por un sistema que sólo provoca ignorarla. Es por ello que históricamente se han sancionado los colectivos de mujeres, multiplicando los estereotipos, ¡Locas, chusmas, haraganas, víboras, loras histéricas! Mantenerlas enfrentadas sirvió al patriarcado para calmar su mayor temor…el control sobre sus propios cuerpos (y de los que vendrán).

¿No es la cosificación la principal forma de alejarnos? El anhelo a un ideal de mujer, el encierro en la mirada de otrxs, la imposibilidad de ser sujetos históricos y definirnos haciendo ciencia, mutilar nuestras afinidades y prohibir los espacios y palabras para compartirlas son dispositivos de subordinación. Las palabras y las cosas funcionan sobre las mujeres como lujosas cadenas que como hace más de dos siglos Mary Wollstonecraft denunciaba “algunas parecieran dedicarse más a sacarles brillo que a tratar de sacudírselas”. Si todas pudiésemos ver esas cadenas y revelarnos, seguramente ya no tendríamos que responder qué significa el término mujer. Seguramente el feminismo tampoco sería necesario ya que viviríamos como personas, como individuxs diferentes pero no desiguales. Pero, ¿cómo escapar de la cosificación? Escapar de ella es escapar del patriarcado que nos desprecia como personas, nos dice como ser sin dejarnos ser…La cosificación de una persona es un acto violento por excelencia, reducidas a inertes cosas, se pierden todo tipo de derechos y garantías, anulada la propia experiencia somos mercancía lista para ser apropiada.

Debemos romper los arneses que nos impiden ser, pensarnos a nosotras mismas, y en ése encuentro dejamos de ser objetos de conocimiento de otrxs para ser sujetas pensantes. Recuperar la propia existencia es crear nuestras categorías para mirar la realidad. Es denunciar las instancias de la vida cotidiana en donde las mujeres somos acalladas. Amarrarnos a nuestra propia voluntad, escapar de las exigencias de una cultura que no para de moldearnos a su antojo. Mirar con los ojos violetas todo aquello que nos tienta a dejar de pensar, porque en el momento que abandonamos el propio criterio y  voluntad sobre nuestros cuerpos volvemos a ser para otrxs.

La cosificación se detiene haciendo de nuestros cuerpos un proyecto político, posicionándonos en cada decisión como agentes de cambio. Desarmando aquellos conceptos que quieren alejarnos de la racionalidad, demostrar por ejemplo, que el concepto de la histeria fue un dispositivo creado para estigmatizar el sentimiento de miles de mujeres que no interesaron ser escuchadas, o resultaban peligrosas…

Repensar aquellos espacios vaciados de mujeres, aquellos exclusivos para hombres como la política, el deporte y el mundo de los negocios. Utilizar esos espacios para ser vistas y tomar las riendas, en ése momento se harán efectivos derechos y libertades. Ponerle un freno al miedo, principal mecanismo disciplinador. Escapar de la cosificación es humanizarse, hacerse mujer en tanto conocimiento de una misma, es renunciar a convertirse en propiedad de un otrx, dejar de ser “la mujer de” para llevar un nombre propio. Es renunciar al apellido del padre o del marido, es tamizar cada práctica de la cultura patriarcal que nos desustantiva.

Aunque la salida efectiva parezca una utopía, en la historia de las mujeres el camino siempre importó más que el fin. Escapar de la cosificación es transformar nuestras vidas, es afrontar un mundo de posibilidades, es recuperar lo robado y conquistar lo prohibido. Es renunciar por completo a todo ideal de mujer…

Según Sartre “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Si analogamos su razonamiento sobre nosotras, tenemos una larga lucha por delante. Porque mucho de lo que nos hicieron es lo que todavía somos…