No es una problemática nueva, pero sí ha adquirido mayor incidencia en la población en los últimos tiempos. El diagnóstico no es sencillo, pero si se logra de manera precoz se pueden aplicar tratamientos muy efectivos. Por eso es importante saber qué es el TGD y cómo estar alertas frente a él.

La sigla TGD corresponde a “Trastorno Generalizado del Desarrollo”. Dentro del TGD se encuentran el Autismo, el Síndrome de Asperger, el TGD no Especificado y, hasta hoy, el Síndrome Desintegrativo Infantil y el Síndrome de Rett.

Para despejar una duda frecuente, el TGD no debe ser confundido con el Síndrome de Down. A diferencia del mismo, el TGD no se manifiesta en características físicas, por eso la detección de este problema suele darse con el progreso del tiempo y es necesario estar atentos a determinadas conductas que puedan llamar la atención.

Es importante saber que el origen del TGD tiene una base genética, pero que además, para que este trastorno se desarrolle, deben darse condiciones en el ambiente del niño que así lo promuevan. En esta problemática, determinar un único y preciso origen sería imposible e innecesario, pues siempre responde a una multiplicidad causal, que varía considerablemente de un niño a otro, y que abarca desde una conducta de los padres hasta una contaminación química en el medio ambiente, con todos los matices posibles en el medio.

Aún así, los padres pueden hacer realmente mucho por estar atentos a las diferentes señales que puedan presentarse e indiquen alguna alerta. Los profesionales de la materia ponen especial énfasis en la detección temprana del problema (hasta los 6 meses de edad del niño) ya que cuanto antes se proporcionen los tratamientos, más efectivos se prevé que serán.

A riesgo de simplificar demasiado, pero para orientar a los papás que desconocen el tema, estos son algunos puntos sobre los que deberían poner especial atención en el desarrollo de sus hijos:

*        La falta de la sonrisa u otras expresiones de alegría, desde los 6 meses de edad del bebé.

*        En la misma edad, la ausencia del feedback comunicativo.

*        Para los 12 meses de edad, la ausencia de balbuceo y la falta o demora de expresiones o de gestos como estirar los brazos, saludar o señalar.

*        La ausencia de la palabra a partir de los 16 meses o la pérdida de habilidades comunicativas.

*        Presencia del juego repetitivo, por  ejemplo: jugar con cubos y ponerlos en fila una y otra vez.

*        Recordar que pueden tener o  no la motricidad afectada.

Si los padres detectan algunas de estas situaciones, lo ideal es consultar en primera medida al pediatra del niño y, a partir de allí y de acuerdo a las características propias del caso en cuestión, constituir un equipo interdisciplinario que podrá conformarse por neurólogos, psicólogos, fonoaudiólogos, terapistas ocupacionales, psicopedagogos u otros profesionales, según las circunstancias. Es fundamental para que el tratamiento logre reales progresos y sea coherente y sustentable,  que este equipo esté en constante contacto.

Resulta necesario poner énfasis una vez más en tener en cuenta que no todos los chicos tienen las mismas características y, por lo tanto, no todos evolucionan de la misma manera ni adquieren los mismos logros.

Lo principal para los padres frente a estas situaciones es no asustarse y asumir el problema. Por más difícil que pueda resultar, ese es el primer paso, insustituible, para poder comenzar a recibir ayuda. La negación del problema no es una opción y hay cientos de profesionales preparados y dispuestos para tender una  mano.

Por Lucía Lalli

Nota escrita en colaboración con Ingrid Biedermann,

Profesora de Educación Especial en Discapacitados Intelectuales.

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