Uno de los países latinoamericanos que más turistas atrae es Colombia, y esto no es casualidad. Sus playas de arenas blancas y mar transparente, la naturaleza exótica y la alegría caribeña de su gente hacen de este sitio un destino imperdible, y que una vez visitado, les aseguro, es difícil de igualar.

Una de las principales ciudades de Colombia es Santa Marta, la más antigua del país. El atractivo de su paisaje se debe a que se encuentra entre la Sierra Nevada de Santa Marta y el mar Caribe. Es decir, quien llegue a sus playas podrá bañarse en aguas cálidas y contemplar, a la vez, sus imponentes montañas.

Para aquel que busque hoteles de lujo, balnearios de primera línea y gastronomía de calidad, su lugar es Santa Marta. Pero quienes deseen un destino de bajo costo, con vida nocturna y lejos de la gran ciudad, no deben dejar de visitar Taganga, el llamado paraíso del mochilero.

Taganga

Ésa fue mi primera parada, y no podría haber sido mejor elección. Llegar a Taganga es adentrarse de lleno en el ritmo caribeño. En mis primeros pasos por el lugar ya podía escucharse salsa, bachatas y ballenatos, canciones que me acompañaron durante toda mi estadía por Colombia.

Este pueblo de pescadores se caracteriza, además, por la música africana, artesanos, cantantes y bares sobre la costa que de noche irrumpen la tranquilidad del lugar, sin dejar de hacerlo apacible y cálido para sus visitantes.

Una de las cosas más llamativas de Taganga es que sus aguas son tan calmas que permiten nadar hacia islas cercanas con muy poco esfuerzo. Rodeada de sierras y formada por unas pocas calles, este pueblo ofrece también la posibilidad de ser el punto de partida hacia un recorrido exótico: El Parque Nacional Tayrona.

Tayrona

Visitar playas casi vírgenes e inexplotadas por el hombre, hoy en día, es un privilegio que muy pocos lugares pueden ofrecer. Colombia lo tiene, y lo cuida de manera excepcional. Este Parque Natural, ubicado a 35 kilómetros de Santa Marta, es un destino imperdible para aquellos amantes de la naturaleza.

Existen dos maneras de llegar. Una es vía marítima, con barcos pequeños y básica infraestructura, no apta para impresionables. La otra es haciendo una caminata a través de los bosques colombianos, que dura alrededor de dos horas. De cualquier modo, el acceso es difícil, pero esto vuelve al lugar más encantador, sin rastros de contaminación y con un paisaje paradisíaco y puro.

Elegí llegar al Parque realizando la caminata. Antes de hacerlo, tuve que pasar por un control estricto, prometiendo cuidar el ecosistema. En Tayrona no se puede ingresar nada de bebidas alcohólicas, y toda la basura que uno produce, debe llevarla consigo a la vuelta del viaje. Además, en las 15 mil hectáreas del lugar, casi no hay luz eléctrica, un intento por cuidar al máximo el medio ambiente, y que genera un clima de contacto íntimo con la naturaleza.

El Parque Nacional posee senderos demarcados para poder llegar a la costa. Durante el trayecto pude observar aves, lagartijas y sobre todo mariposas multicolores de tamaños enormes. Tanta tierra viva me dejó anonada, y es hasta el día de hoy que no puedo contar con clara exactitud cómo es Tayrona. Hay que vivirlo, nadie puede dejar de vivirlo.

El paisaje es boscoso, con variedad de árboles y flores. El camino es un tanto arduo, sobre todo si hace mucho calor, pero si el estado físico acompaña, resulta ser la mejor opción para conocer el lugar. Una vez en la costa, existen campings, cabañas e incluso alquileres de hamacas paraguayas para pasar la noche.

Lo que más me asombró de la reserva es el color azul oscuro del mar, consecuencia de la profundidad de las aguas, un tanto peligrosas como para poder bañarse. Bordeando la costa se puede observar cientos de palmeras y vegetación virgen.

La vida nocturna de Tayrona es pura paz, y los que la visitan se contagian de su ritmo. Es por ello que la actividad preferida al oscurecer es simplemente mirar las estrellas. Al estar en un lugar tan inhóspito y lejos de luces artificiales, puedo asegurarles que este mero acto se convierte en un atractivo sin igual.

Otro dato importante de este Parque Nacional es que está habitada mayoritariamente por comunidades indígenas de las Sierras Nevadas de Santa Marta. Ellos son los primeros en cuidar y respetar la tierra, y aunque deciden alejarse de los lugares turísticos, poseen espacios vedados a los visitantes, ya que los consideran sitios sagrados.

Pero para aquellos que prefieran las ciudades cosmopolitas, con actividades culturales y monumentos históricos, Colombia también es una opción. Más precisamente, la ciudad de Cartagena de Indias, ubicada a 236 kilómetros de Santa Marta, es el centro turístico más importante del país.

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Con casas bajas, todas de distintos colores, arreglos florales en cada rincón, calles de adoquines, arquitectura colonial y patrimonio artístico y cultural, la ciudad amurallada de Cartagena evoca un tiempo pasado, época de piratas y de fortalezas, de conquistadores y de resistencia.

Esta ciudad fue fundada en 1533 durante la época colonial española, y fue desde ese entonces uno de los puertos principales de América. Debido a su importancia, fue codiciada por numerosos piratas que la atacaron, lo que llevó a rodearla con murallas para su defensa, estructura que se mantiene hasta hoy.

Lo más recomendable a la hora de visitar Cartagena es hospedarse en la ciudad vieja, ya que, aunque la urbe se extendió por fuera de ella, es dentro de las murallas donde se encuentran los principales sitios turísticos y actividades para hacer.

Tuve la suerte de llegar a la ciudad un día domingo, y pude así caminar sus callecitas de manera tranquila, sacar fotos y tomar el típico y famoso café colombiano en uno de los tantos bares acogedores del lugar. Durante la semana, la escena cambia y Cartagena se puebla demasiado, pero es entonces donde la vida nocturna y cultural sale a la luz. En las esquinas y plazas pueden observase bailes típicos latinos, pequeñas ferias ambulantes, arte callejero y bares para todo tipo de gustos.

Además de perderse en las adorables callecitas, una buena opción es visitar el Castillo San Felipe de Barajas, declarado por la Unesco, junto con la ciudad, como Patrimonio de la Humanidad. Esta fortificación fue construida en 1536, y su imponente estructura sirve para admirar su arquitectura, como así también la vista panorámica de Cartagena.

Otro atractivo es visitar las iglesias y los múltiples museos, siendo los más importantes el Museo del Oro y el Museo Histórico Militar, ambos situados dentro de la urbe vieja. La plaza de Bolívar y el gran Reloj Público, también se encuentran allí y son paradas clave para rememorar la historia colonial.

Quien alguna vez leyó las historias del colombiano Gabriel García Márquez, podrá evocar con facilidad a Macondo, ese pueblo ficticio de Latinoamérica donde todo puede suceder. Llegar a Cartagena y recorrer sus calles adoquinadas es en cierto modo recorrer también Macondo, con su historia de inmigrantes y habitantes locales, con el mismo espíritu caribeño remarcado en la impronta de su gente, en los rincones floridos y recovecos pintorescos. La ciudad de las Indias me deja esa misma sensación. Allí lo real también se vuelve mágico.

Por otro lado, si se quiere conocer este lado de la costa colombiana, también rodeado por el mar Caribe, lo mejor es tomarse una embarcación hacia las islas, ya que Cartagena no se caracteriza por la belleza de sus playas.

La mejor opción es cruzarse en barco hacia Barú, un paraíso ideal para ir en pareja. En esta playa el mar Caribe muestra lo mejor de sí, con aguas muy transparentes y cálidas, arena blanca y peces de colores que se observan desde la orilla. En esta parte de Colombia ya no se ven montañas ni cerros, lo cual brinda la ventaja de disfrutar los atardeceres más hermosos sobre el mar.

Barú 2

A Barú se puede ir y volver en el día desde Cartagena, pero lo ideal es quedarse en la isla por unos días, ya que es uno de los destinos más paradisíacos de Colombia. A la hora de hospedarse hay opciones diversas. Desde hoteles all-inclusive hasta cabañas, hamacas paraguayas y campings sobre el mar. Con respecto a las actividades, se puede hacer snorkel en los arrecifes de coral que hay alrededor del lugar.

Eso sí, si buscan vida nocturna, no es el lugar apropiado. Barú es una playa tranquila, dedicada al relax. Durante la noche, si acampan en la playa, deben saber que no hay luz eléctrica, y los bares, escasos pero pintorescos, se iluminan a la luz de las velas y cierran a la medianoche. A pesar de ello, el ritmo de las guitarreadas, música y tragos caribeños enamoran a sus visitantes, y hace que más de uno termine prolongando su estadía junto al mar.

Como verán, esta región latinoamericana tiene opciones turísticas para todos los gustos y edades. Así es Colombia. Es playa, Caribe, soy y mar, pero es también la calidez de su gente, sus callecitas coloniales, su historia de lucha y de inmigrantes, su cultura indígena y su ritmo latino. Y es también Macondo convirtiendo un mundo mágico en real. Es un país de ensueños, y ahora sólo resta animarse a conocerlo.

Por Yanin Gulam.