Londres lleva su propia música a cuestas. Cada habitante conoce a la perfección el ritmo, la cadencia. Cada viajero puede oírla, aguzando el oído, observando la multitud, escudándose en algún monolito y prestando atención al sonido que divaga junto a los black cars, Westminster,  los teléfonos rojos, el London Bridge, el Big Ben, el Museo Británico y el London Eye.

La elección del lugar para hospedarnos es de pura casualidad.  Nuestra reserva de hotel es en el Imperial College, la sexta universidad más importante del mundo. Del aeropuerto (no sin antes tramitar y esperar las maletas que quedaron en Frankfurt) tomamos directo el subte, una línea que pasa por ahí mismo. Salir del metro es transportarnos. Frente a nuestros ojos, hace rato la ciudad empezó su trajín mañanero sin consultar a nadie. Coches con conductores a la derecha, banderas inglesas, edificios típicos. Ahora sí. Estamos en Londres. Y Londres no espera.

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Una característica que va tomando forma al pasar varios días en el lugar: la monarquía no sólo es tradición. Es respeto. Es pasado y presente. Basta con caminar por las calles, leer las señalizaciones urbanas: King’s road, Victoria Street,  Queen’s Gate.
Inclusive en el parlamento existe una cámara para los títulos de honor: La Cámara de los Lores, que existe como una cámara independiente desde el siglo XIV y forma parte de la democracia parlamentaria más antigua del mundo.  La cámara de los Comunes, por su parte, se encarga de reflejar los intereses políticos y tratar temas económicos y de impuestos públicos que no pueden ser abordados por los Lores.
La visita al parlamento es una de las recomendadas de la ciudad. Los controles son bastante excesivos pero eso no nos impide presenciar una sesión, unos minutos en cada cámara. Fotos, ni pensarlo. Aunque como una forma puramente inconsciente una intente plasmar el recuerdo de esa visita. O agregarla al fichero virtual de IneditadaS. No way. No insistan.

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“Guía para mujeres que viajan: Londres” es uno de los libros que me acompañan para recorrer la ciudad. Pero no es que sirva precisamente como guía. Más bien es un compilado de información que trae datos e historias de las mujeres londinenses de todas las épocas. También incluye mapas pero sólo por zonas y no resultan demasiado cómodos. Imágenes, ni por casualidad. Es una guía, pienso, caprichosamente analógica.

Textos sí. Algunos, muy interesantes, como este:

“Todas las mujeres deberían arrojar flores sobre la tumba de Aphra Behn, ya que fue ella quien les consiguió el derecho a expresar sus opiniones” escribió Virginia Woolf sobre la mujer que escribió diecisiete obras en diecisiete años, en una época en que Londres sólo contaba con dos teatros y las mujeres “respetables” no podían hacer otra cosa que casarse o ser maestras. Aphra Behn escribió varias novelas antes de que el género fuese inventado (por lo general se considera que la primera novela fue Robinson Crusoe de Daniel Defoe, escrita unos treinta años después de que Aphra terminara la última de las suyas) (…) Además, Aphra se dedica a iniciar debates políticos y criticar a la realeza”

Y en la descripción de la Abadía de Westminster, aconseja visitar: “En el Poets’s Corner hay placas que conmemoran a George Eliot, Jane Austen y las hermanas Bronte, y sobre la puerta que conduce a la sala del órgano hay un recordatorio a Henrietta Barnett. Aphra Behn está enterrada bajo el claustro este…”

También están los otros, los datos de color. Detallecitos en los que cuenta las peripecias de las mujeres durante años para seguir los siempre incómodos preceptos de la estética:

“Para obtener el semblante verdaderamente blanco, las mujeres usaban plomo blanco mezclado con vinagre, o con bórax y azufre. Para conseguir un contraste, los labios se enrojecían con rubia o con sulfuro mercúrico cristalino. La trementina y el sublimado de mercurio borraban las manchas y pecas…aunque un poco drásticamente. El rostro quedaba marcado y necesitaba aún más pociones para cubrir los defectos. El plomo se utilizó hasta el siglo XIX, cuando las mujeres adoptaron un aspecto más natural. Los cosméticos eran inaceptables entre las rígidas victorianas, pero como todavía se consideraba bello tener un rostro pálido, las mujeres se aplicaban vinagre en la creencia de que servía para blanquear. Para la Segunda Guerra Mundial, el maquillaje no sólo se había vuelto aceptable sino que resultaba imprescindible, pero la guerra trajo consigo la escasez. Cuando iban a un baile las mujeres se aplicaban vaselina en los párpados para lograr cierto brillo; las costuras en las medias de seda eran simuladas con un trazo de lápiz para ojos en la pantorilla.”

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Ante la falta súper necesaria de una guía útil…por eso, y por suerte, un amigo nos presta la infaltable guía DK de Londres. Y ahí ya no hay demasiado que agregar. Cualquiera que haya viajado con una de estas guías sabe de lo que hablo. Es un gasto obligado antes de abordar el vuelo.

Por eso, y además, desecho la idea de describir el lugar como  una guía turística artificial.

 

Por eso, también, prefiero elegir algo que llevarme, no de tiendas de souvenirs sino de mis propias impresiones. Recuerdos, olores, imágenes congeladas en la memoria de algún detalle que queda luego, rearmando el rompecabezas de la visita, a lo largo del tiempo. Rearmando mi propio viaje, tan intransferible como la propia mirada.

Entonces, de Londres me llevo:

Una breve visita al barrio de Bloomsbury, buscando sin suerte pistas de Virginia Woolf que inesperadamente encontré luego en Kensington.
El ritmo cotidiano, funcionando como un reloj suizo.
Hombres en traje por doquier. Mujeres altas, muy altas,  polleras y medias negras, estiletos al tono. Mucha elegancia, siempre.
El nunca infaltable paraguas en las manos de cualquiera que caminara por las calles.
El encuentro no planeado de un atípico monumento dedicado a las mujeres que pelearon en la Segunda Guerra Mundial.
El rotundo inglés musical, agradable, serperteante entre los ómnibus rojos y los black cars.
La excesiva y siempre buena diplomacia.
La charla informal con un mexicano de vigilancia de la Abadía de Westminster, quien se acerca a retarme porque tomo fotos sobre una placa que conmemora a las hermanas Bronte. Y cuando mi inglés delata que soy argentina, nos lleva informalmente a recorrer el lugar, y nos muestra zonas imperdibles, y nos cuenta anécdotas cotidianas, como ver a la reina rezando cada dos o tres días (intentando expiar quién sabe qué culpas, pienso…)

Y sobre todo, una imagen, puntual, perseverante, que tal vez no hable mucho del Londres turístico, del circuito obligado para cualquier visitante. O tal vez sí…porque, al fin y al cabo…¿qué es el Londres turístico sino lo que cada viajero se forma de Londres?:

Mi habitación de hotel en el coqueto barrio de South Kensignton, dando al gran ventanal de un living. Un sillón de lectura (que no es de terciopelo verde, que no da a un parque de robles pero que invita a apoltronarse eternamente con un libro) un sofá, una gran lámpara junto a una chimenea que no parece sólo accesoria. Adornos acomodados en perfecta sintonía. Y un londinense, mi vecino circunstancial en esos días, dueño de esos pequeños placeres cotidianos, sentado cada tarde en el sillón.  Mientras la lluvia cae de a ratos, intermitente, sin preguntar, sin esperar. Como las imágenes que se me guardan, minuciosamente, de Londres.

Por Rosario Spina

 [box]Para consultar lugares que visitar en Londres, no dudés en conseguir, aunque sea prestada, una guía DK. También podés entrar en su sitio web oficial: http://traveldk.com/london[/box]

Comentarios

  1. María Rosa dice:

    Maravillosa la descripción.Con ella volví aa revivir mi apuradísima vísita a Londres. Y digo apuradísima por los guías de turismo, no por mí, ya que si por mí hubiese sido aún estaba allí, disfrutando de la “calidad” sin igual de esta exquisita ciudad…Y tanto fué apurada mi estadía que a través de esta descripción pude conocer algunos detalles que ni siquiera había percibido…¡ Que ganas de volver y respirar la dulce y especial bruma londinense !….

    1. ineditadas dice:

      Gracias por tu comentario María Rosa! Sí…lamentablemente los días para visitar ciudades como éstas nunca alcanzan! Pero lo bueno es al menos poder haber estado allí alguna vez…Es un lugar magnífico!